viernes, 24 de agosto de 2007

Sinceras reflexiones de un vagabundo sentado en cualquier esquina




No puedo dejar de mirar las caras que desfilan ante mí en diligente procesión como pingüinos.y me puedo ver reflejado en todas ellas o en ninguna generalmente lo segundo.ni siquiera cuando atisbas en busca de una similitud, por nimia que sea, insignificante, ves algo que se asemeje,ni el blanco de los ojos,porque hasta la nieve cambia de color cuando desciendey se pisa.
es una especie de halo que envuelve los cuerpos lo que oculta a las personasy hace que sólo sean el esbozo de perfiles desdibujados tras la niebla.
de vez en cuando y sin previo aviso se consigue atravesar los pliegos de penumbra, centrar y precisar la imagen, definirlaincluso admirarla al apartar el velo de sombras que la ocultabana la persona, y en eso momento te dices que podrías amarlao matarla, que en ninguno de los dos casos variaría demasiado el esfuerzo.
lo demás es indiferencia, relaciones y deseos meramente monetariosque se diluyen en sonrisas tibias y edulcoradas cuando uno se propone algocomo caer bien, por ejemplo, conseguir lo que no se te ha dadopor ejemploo cuando se tiene ya dispuesto un puñalpara la espalda; y eso muchas veces tardas en saberlo, cuan fácil hienden la carneesos puñales con sus hojas de hielo.
no puedo dejar de mirar las caras ante mí como espectros que me son ajenos,pero podría ser de otra maneraeso es lo que hace que la sangre se enerve, que el corazón de un vuelco al pensarque todo podría ser de otra manera,distinto;que en mil rostros se pudiese reflejar una misma sonrisacomo se reflejan ahora la indolencia y el odio cauteloso en el bullicio del silencio
y el pensar esto me da que pensar,-porque uno puede llegar a pensar demasiado cuando todo deja de importarlo suficiente-que después de todo,después de todo,cuando bebes y te embriagas con perdularioste encuentras, de alguna manera extraña,en el cielo o, por lo menosalejado un rato del infiernosurcando las procelosas aguas del océano etílicomientras la masa alrededor, de forma lánguida,se embrutece abúlicaentre halos de husmo al ir y volver siempre llevando a cuestas el fardo de sus vidas