lunes, 27 de agosto de 2007

La amistad nunca muere




¿Te acuerdas como comenzamos nuestra amistad?... yo no me acuerdo si fue hace mucho, poco o nada. Pero poco eso importa. Lo que importa es que nuestra amistad existe.
Todo siempre se conserva en el tiempo.
Cuando reímos de aquel chiste tonto que contamos, cuando lloraste sobre mi hombro y lo mojaste con las lágrimas de la decepción de un amor, o cuando lloraste ya no sobre mi hombro sino riendo y gritando por la alegría de vivir.
Cuando anduvimos horas y horas aplanando calles sin ningún sentido, cuando nos sentamos para ver el atardecer sintiendo la brisa sobre nosotras mientras conversábamos sobre algún tema banal; todo esta cada vez más vivo, cuando acaricio el inventario de nuestros recuerdos.
Contigo estuve cuando me caí, y tú me recogiste. Contigo estuve cuando te caíste, y también te recogí.
Viniste hacia mí con el corazón roto, contándome lo que te hizo "él", y yo con mi botiquín de primeros auxilios y un poquito de cariño, traté de pegarte los pedacitos que estaban botados.
Y claro, tú caíste de nuevo, siendo que te había advertido que las heridas no estaban bien cerradas. Pero bueno, para algo estamos las amigas: para entender todo.
Yo muchas veces fui la que necesitó de tu ayuda. Y tú también me curaste. Con tan solo escucharme, ya me curaste. Yo también fui porfiada, como una niña chica. Y me retaste, y con razón.
Recuerdo que muchas veces vimos películas juntas. Reímos a carcajadas limpias y gritamos con horror. También recuerdo que al final yo siempre era la que terminaba llevando el pop corn, claro: si en tu casa no había microondas...
Es gracioso pensar en cuando estábamos tomando helado y yo, como una chiquilla, lo derramaba y tú me retabas de nuevo, y ambas reíamos cada vez más.
O cuando era invierno y hacía un frío glacial, entonces íbamos a tomarnos un café y claro, yo jamás te dije que tenía insomnio y que el café no me ayudaba, y cuando nos veíamos al día siguiente y estaba con una ojeras gigantes, te reías de nuevo y yo te miraba furibunda por fuera, pero muerta de la risa por dentro.
Contigo salíamos a bailar para al día siguiente acordarnos que habíamos llegado nada más y formarnos una imagen a base de nuestros difusos recuerdos de lo que pasó. Y reíamos de nuevo.
Tengo que pedirte perdón por las veces que te grité por ser tan tozuda y tener mi punto de vista... ¡Pero al final siempre me daba cuenta cuando algo estaba mal!
Tú me enseñaste alguna vez que la vida es para vivir, reír, soñar y aprender.
Tú también me dijiste alguna vez: "Cuando mueras, haz que todos en tu alrededor lloren" y yo te miré con una cara estrafalaria, a lo que tu reíste y me dijiste: "Cuando tu naciste, todos reían por la felicidad, y cuando mueras, todos deben llorar de pena".
Y en otras ocasiones arrullaste mi adolorida alma por los golpes que da la vida, diciéndome que todo pasa por mejor y que de lo malo debía aprender.
Pero en ese entonces no te escuché, porque el sentimiento de dolor y rabia era más imperante que el de consuelo...
Tú me corregiste cuando estaba mal en algo. Y de nuevo tozudamente te decía que estaba bien, para llegar a poner la cabeza en mi almohada y darme cuenta de que sí estaba mal...
Te vituperé muchas veces en son de broma, y tú hiciste lo mismo conmigo.
Fumamos unos cigarros mirando como se escondía el Sol, riendo por nada y sintiendo el pasto fresco.
Pero ahora te escucho y te entiendo. Ahora recuerdo los buenos momentos que pasamos juntos y el calor se agolpa a mi corazón, reconfortándolo en estos momentos en los cuales esta triste.
Siempre reíamos. Siempre reímos...
Y cada vez que este triste y me siento solo, recurriré a mis recuerdos.
Pero hoy ya todo son recuerdos. Y esto es tan solo una carta. Pero por favor, si yo muero o tú mueres, acuérdate de esto: la amistad jamás muere.
Gracias por todo...