viernes, 24 de agosto de 2007

El alma de las mariposas


Un jardín repleto de hermosas y variadas flores era la estancia principal de la casa, con un pequeño estanque en el centro y un puentecito que lo cruzaba por encima permitiendo disfrutar del exquisito paisaje que ofrecían los peces de colores de diversos tamaños. A la derecha un diminuto santuario con el incienso siempre exhalando sus volutas de humo, acariciando las alturas y perdiéndose vaporosas en el cielo azul. El aroma a sándalo y flores silvestres creaba un entorno extremadamente apacible, sosegador. La pareja paseaba admirando la belleza que tanto trabajo les había supuesto a lo largo de felices años juntos y cuidaban aquel edén como si de su propio amor se tratase. Con delicados pulverizados de agua fresca, con mimos y cortecitos diminutos en una poda precisa y perfecta. Acariciaban con suavidad las hojas y susurraban dulces palabras a cada una de sus plantitas con una ternura infinita.
Igual que germinaran nuevas plantas tras la época de polinización, brotó del vientre de la mujer el más maravilloso de los regalos, un hijo. Bendecidos con este presente, ambos cuidaron del niño de igual manera que trataran a las plantas, educándole en la armonía de un jardín sin malas hierbas ni perversos sentimientos, solo bondad, generosidad y afecto por cada semilla de vida que entre el esplendor de aquel paraíso se viera reflejada. Creció fuerte y delicado, sensible a la belleza y amante de aquel arte que sus padres le inculcaran desde que tuviera uso de razón, antes incluso. Aquel trío familiar era el espejo de una vida plena, calma y feliz. Cada día lo celebraban entre risas y juegos inocentes. Ducho en el arte de la meditación, seguía a sus progenitores cada día hasta el santuario y colocaba una barrita de incienso, cada día se permitía un perfume diferente elaborado con los más finos aceites que algunas plantas le otorgaban plácidamente. Cada día, paseaba después a solas y se detenía apoyado en la débil barandilla del puente sobre el estanque y miraba divertido el continuo devenir de los peces.
Hubo un momento en que el muchacho comenzó a mirar con aire de tristeza aquella profundidad acuática, más allá de los peces de colores y su pensamiento se perdía en divagaciones sobre el futuro. Miraba entonces de reojo a sus adorables padres, ya ancianos, marchitos entre los floridos senderos del vergel, y pensaba que pronto habría de decirles adiós, pues no tardaría el día en que la muerte viniera a llevárselos consigo. Le habían enseñado que esta vida no era más que un camino de aprendizaje, que volverían para continuar con las enseñanzas que ahora dejaran pasar de largo y que volverían a reunirse con su amado hijo. Pero estas palabras no le consolaban, pues preveían una pérdida aún más cercana y sentía que estas palabras se hundían en su corazón al ser pronunciadas como preparatorio inminente de lo que vendría. No se sentía preparado para tan duro golpe, pero sabía que habría de asumirlo y aceptarlo, disfrutar de los días que le quedaran junto a sus amados padres. Así lo hizo, no sin pasar por alto las frecuentes escapadas que ahora, viendo ya de cerca el fin, acababan siempre en un llanto mudo, aumentando y salando las dulces aguas que bajo sus pies daban cobijo a aquella microfauna.
Uno de esos días, volvía de su paseo vespertino y no pudo más que sumirse en una angustiosa congoja al ver como sus ancianos padres decidían dejar esta vida. Con una sonrisa le dejaron verles partir, pues decían ya había llegado su hora y le encontraban preparado. Emitieron unos sabios consejos que se limitaban a recordar al joven todo lo que durante su vida le habían enseñado, a difuminar la pena y a cuidar de aquel precioso jardín en su ausencia. Ambos le pidieron ser recordados cada día en aquel espacio, sabiendo que estas palabras sobraban. Entonces enmudecieron con una sonrisa, plenos de acabar esta vida satisfechos de los frutos que se les había otorgado con generosidad. El muchacho hizo los honores pertinentes y dijo adiós a sus venerados progenitores.
Muchas noches pasaba en vela o atormentado por terribles pesadillas en las cuales veía a sus padres pudriéndose como plantas descuidadas. Entonces corría hacia el santuario y encendía un par de varillas de sándalo o jazmín. Así, pasaba el resto de la noche hasta que los cálidos tonos anaranjados del alba le bañaban el rostro que amanecía siempre con lágrimas de añoranza. Una de esas noches, su sueño fue inquieto pero no temible, pues veía aparecer a sus padres en forma de bellas mariposas que le alentaban a superar el trance y encauzar su vida hacía la felicidad que merecía. Aleteaban sobre las flores del jardín, sonriéndole con su divertido vuelo y sus alas plagadas de brillantes y llamativos colores. La mañana le despertó por primera vez en semanas en su propio lecho y las únicas lágrimas que corrían por su rostro eran de júbilo. Entonces se desperezó grácilmente y se dirigió alegre hacia el estanque. Saludó el día y agradeció los dones que la vida le había dado frente al santuario que ahora le recibía con renovada energía. Un susurro le llamó la atención y le hizo volverse repentinamente, sobre su cabeza aleteaban vivarachas un par de mariposas, con porte majestuoso revoloteaban de flor en flor, rodeándole en un divertido juego. Reconoció entonces en ellas a sus padres, de igual forma que se presentaran en sus sueños. Una sonrisa de gozo inundó la cara del muchacho y comenzó a reír hasta caer al suelo con las manos sobre el vientre, cuando se recupero enjugó sus lágrimas cargadas de emoción y dio gracias por aquel maravilloso regalo que el destino le había dado. Comprendió así el concepto de la rueda de la vida que le mentaran sus padres antes de morir. Entendió los entresijos que tras la reencarnación se ocultaban. Se supo conocedor de una gran verdad que antes se negara a escuchar y aceptar, la vida no acaba aquí, este solamente es un camino más y en él hay que caminar, aprender, enseñar… siempre queda una puerta abierta tras aquella que se cierra. La rueda de la vida nunca deja de girar.