martes, 28 de agosto de 2007

estadio nacional 1973




Llegué el 2 de Octubre desde el Regimiento de Puente Alto donde había estado diez días en un calabozo oscuro, sin comida, sin agua, sin cobijas, descalzo y sin mis lentes ópticos, recibiendo una tunda cada noche en nombre de la "Libertad" recuperada por las F.F.A.A. de manos de los marxistas".
Nos trajeron, atados con alambres, de dos en dos, en un bus controlado por una cincuentena de soldados. A la salida del Regimiento había gente que, pese al terror, nos despidió con sonrisas tristes y gestos fraternos.
Me sentía mejor, mejor pues estaba con mis compañeros, con mis camaradas, con los de mi clase. Iba con el Alcalde, con Trabajadores de la Salud, con Obreros Municipales, con taxistas, con dirigentes políticos de base, con sindicalistas, con militantes todos de la Unidad Popular.
Recién me habían sacado del aislamiento, había podido fumar un cigarrillo, comer un poco de porotos duros y estrechar las manos amigas. Era mejor que estar solo esperando la noche para recibir la golpiza de oficiales enfermos de un odio recién parido.
Los jefes del Estadio Nacional ignoraban cuantos habíamos, pues ingresaban centenas cada día y perdían la cuenta. Por eso, periódicamente hacían recuentos a cualquier hora de la noche.
En una oportunidad nos sacaron a la una de la madrugada a la "Pista de Ceniza" del Estadio. Uno a uno fuimos llevados al Sector Norte. Los no llamados fueron encuestados al amanecer. Naturalmente, esa y otras noches no pudimos dormir.
El régimen interno era arbitrario, absurdo, torpe y malsano: Levantarse a las 6 de la mañana e ir a sentarse a las graderías (generalmente a esa hora hacía frío, varias veces cayó la helada lluvia de Octubre). A las 8 o 9 un panecillo y una micro taza de algo que, ampulosamente, llamaban "CAFE", a las 13 o 14 horas la misma taza de porotos semicocinados. A las 17 horas otra taza de "LECHE" (se trataba de agua caliente a la que agregaban un tarro de crema por cada cincuenta litros de agua). A las 18:30 horas, encierro.
El 11 de Octubre el Estadio amaneció embanderado. El Pabellón Patrio flameaba en todo su contorno: celebraban el PRIMER MES DE DICTADURA. Anunciaron por los parlantes internos que ese día darían un almuerzo especial: POLLO.
Efectivamente lo hubo, y la prensa adicta (la otra no existía) informó de ello presentándolo como "una muestra de la preocupació humanitaria del régimen para con los marxistas", pero la carne estaba putrefacta. Eran pollos descompuestos imposibles de vender (Yo tenía mucha hambre, pero no me la pude comer, ni aún tomar el caldo, pues su hedor era insoportable). Así celebraron el primer mes del asesinato de Allende.
El encierro nocturno lo hacían en los "camarines" y "escotillas" del estadio. No cabíamos todos. No nos podíamos sentar. Dormíamos de costado, uno pegado al lado del otro, teniendo por colchón las baldosas y cubiertos con una frazada por persona (Eran frazadas nuevas, habían llegado en Agosto como obsequio del pueblo búlgaro al pueblo chileno, aún tenían el timbre de aduana).
Los muy lastimados por los golpes y torturas no podían dormir. Muchos tenían pesadillas recordando en sueños las experiencias vividas en manos de soldados, policías y torturadores. Llegamos a un fraternal acuerdo con el Alcalde de Puente Alto, compañero Luis Osorio; poníamos una frazada en el suelo que nos resguardaba del frío de abajo y nos cubríamos ambos con la otra que nos resguardaba del frío de arriba...
Para matar el tiempo (nunca habíamos matado a nadie, aunque no nos faltaban ahora deseos de hacerlo), recurrimos a arbitrios diversos: contar chistes, cantar, narrar películas (el Dr. Alvarez contó toda la Segunda Guerra Mundial con "pelos y señales"). Alguien, un carnicero, habló sobre la manera de beneficiar una res. Otro sobre los éxitos y fracasos de la construcción de casas para obreros. Un profesor dio a conocer el proyecto de la E.N.U. (Educación Nacional Unificada), plan del Gobierno Popular que sirvió de bandera a la Democracia Cristiana para acusarnos de pretender "comunizar" el país (se trataba de una adaptación del sistema escolar de Austria). Lo importante era no encontrar el camino a la desesperación. Había que ser fuerte en la desgracia. Debíamos mantenernos espiritualmente sanos, moralmente íntegros y políticamente fuertes...
Por intermedio de la Cruz Roja se recibían algunos paquetes de comida, de ropa, de cigarrillos. Sin embargo pocos llegaban a su destino, dado que los "patos malos" y los soldados se los robaban. Casi todos teníamos solamente la ropa con que andábamos vestidos y muy pocos podían darse el lujo de fumar un cigarrillo completo.
Alguna vez, - una vez por lo menos, cada uno, - fuimos interrogados:
Cien prisioneros, a las 8 de la mañana, fuimos llevados al velódromo. Hasta la madrugada había caído una persistente llovizna primaveral. Hacía frío. Nos sentaron en las graderías a esperar con la cabeza cubierta con una frazada, a los interrogadores. No veíamos, sólo oíamos:
- Águila uno, grupo uno gritó el parlante.
- Águila dos, grupo dos...
- Chacal, grupo tres.
- Bandera uno, grupo cuatro..., etc.

Me tocó el grupo cinco: "Cóndor uno". Diez interrogadores, diez grupos de diez prisioneros cada uno.
Llevaron a los primeros (el resto seguíamos con la cabeza cubierta sin ver absolutamente nada). Al rato, al mucho rato, volvieron. Algunos eran arrastrados por soldados: piltrajas humanas.
Partió el segundo grupo...
Salió el sol y empezó a hacer un poco de calor.
Volvieron los segundos y partieron los terceros. Se nos ordenó descubrirnos. El sol hirió nuestros ojos. Pudimos ver el espectáculo de nuestros compañeros ya interrogados: uno manaba sangre por boca y nariz, otro chorreaba sangre por los oídos (quedó sordo), otro se retorcía víctima de los estertores producidos por la electricidad aplicada en los testículos, uno se quejaba quedamente y se sobaba las costillas, tenía dos hundidas. Todos lucían hematomas, desgarrones de piel, moretones, etc.
Más o menos a las 11 horas, llegó un soldado del otro sector. Bajo, moreno, rasgos mapuches (después supimos que pertenecían al Regimiento de Chiloé), nos miró con cara de maldad y preguntó:
-¿Quién sabe cantar?
Nadie respondió.
- Uds. tienen que saber cantar, que cante uno para no aburrirnos...
Silencio.
- ¡Ah, nadie quiere cantar mierdas!. Van a ver ahora (no dijo ahora, dijo agora) desgraciados, y mirando al primero de la fila, le ordenó: "Canta vo".
Yo no sé cantar, respondió el aludido, que era un hombre viejo de unos 60 años o más.
- ¡Es que vai a cantar, pues concha de tu madre!. Y uniendo la acción a la palabra, descargó sobre el viejo el fusil derribándolo.
El viejo quedó en tierra semi aturdido, pero otro soldado a punta pies lo obligó a ponerse de pié.
- Vai a cantar una de Leo Dan (Leo Dan era un popular cantante juvenil argentino de la época).
- No se...
- ¡Es que tení que saber, po!. Y un violento puñetazo le rompió la boca.
El viejo - ignoro cómo lo sabía - empezó a cantar triste y lastimosamente mientras la sangre le manchaba la camisa:
"Estelita que linda que estás.
Estelita yo quiero tu amor..."

Repetía los mismos versos una y otra vez.
- Pero a mi me gusta con baile, dijo otro soldado. Vai a cantar y a bailar.
Para estimularlo disparó un tiro a los pies del anciano.
Este dio, entonces, comienzo a una danza macabra, coreada por fuertes risas de la soldadesca. El viejo cantó y bailó alrededor de un cuarto de hora, después se desplomó en el suelo y empezó a llorar...
Los milicos se fueron a sus rincones a fumar...
Al viejo yo lo conocía. Era un pequeño industrial de mi zona. Propietario de una fábrica de microbalones de gas licuado, enemigo furioso de la Unidad Popular. Para protegerse de los bandidos upelientos, compró un par de pistolas que mantenía en su escritorio. Nadie quería "tomarse" la fabriquita del viejo, pero él temía a los upelientos.
Cuando los generales dieron el Golpe se alegró y puso una bandera en la puerta de la industria: volvía la LIBERTAD. Alguien denunció que allí se guardaban armas (tal denuncia gustaba a los militares, llamaban por radio y por T.V. a hacerla). Revisaron la fábrica y encontraron las dos pistolas. Al propietario, único que estaba presente, casi lo mataron a golpes y lo llevaron al Estadio Nacional.
Al poco rato lo llamaron para interrogarlo. Dos días después salió en libertad.
¿Seguiría militando en el Partido Nacional?. ¿Seguiría odiando a la U.P. y siendo partidario del Golpe de Estado?.
A mi me llevaron a las 11,30 horas. Me cubrieron la cabeza con un saco y un soldado me encaminó con la punta del fusil en la espalda.
Llegué a un cuarto. Una voz me ordenó sentarme en una silla y me preguntó el nombre y la profesión.
Respondí.
Cuando el Interrogador supo que había sido funcionario de Gobierno Interior me hizo una fuerte caricia consistente en un golpe de puño que casi me dejó sin respiración.
Pero no me torturaron.
Alguien entró al cuarto, preguntó quién era y dio una orden: "trátenlo bien", y se fue.
Oí sus pasos y esperé lo peor, pero no me torturaron.
Me preguntaron por Carlos Altamirano, por Mario Palestro, por Oscar Garretón y por Carmen Lazo. Durante dos horas me preguntaron un sinnúmero de tonterías sin golpes, sin torturas físicas...
Oí como a otro compañero, dirigente sindical, lo apaleaban y le ponían electricidad en los testículos. Oí a otro, militante del Mapu, como le quebraron los dedos de los pies a fuerza de pisotones. Escuché gritos horribles de compañeros que torturaban en cuartos contiguos, pero a mi no.
Después fui obligado a firmar, con los ojos vendados, una Declaración en la que diría "todo lo que había contado". Firmé, aunque ignoro qué firmé, pues sabía que tal declaración carecía de valor legal y moral por haber sido hecha bajo apremio.
A la salida del cuarto, un soldado me sacó la capucha. El sol hirió mis ojos miopes. Había llegado el "almuerzo". Me dieron un jarro de porotos. Tenía hambre - siempre lo tuve en el Estadio Nacional - y me los comí. El soldado que me acompañaba que, evidentemente, había escuchado mi interrogatorio, me preguntó:
- ¿Usted fue Gobernador?
- ¡Sí!, respondí.
Lanzó una sonora carcajada y burlándose, me dijo:
- ¡Ah!, ¡era Gobernador y ahora come porotos!. Pobre, seguramente creía que los Gobernadores Populares comíamos caviar. ¡Pobre!. No entendía que éramos funcionarios de un Gobierno Popular, TRABAJADORES EN FUNCIONES DE ESTADO. No entendía que trabajamos durante tres años, noche y día para ellos, para los que nunca tuvieron nada. ¡Pobre!.
A muchos de los que volvieron del interrogatorio tuvimos que ayudarles a caminar, en la tarde cuando regresamos, pues a las 18 los "Aguilas", los "Banderas", los "Cóndor" dieron término a su trabajo después de masacrar a 100 upelientos.
Al día siguiente nos separaron. Treinta fuimos llevados al extremo superior del Estadio: estábamos condenados a muerte...
¿Porqué?.
Nunca lo supimos. ¡La lógica de los militares es absolutamente ilógica!.
¡Es desagradable saber que lo van a fusilar!
¡El día lo pasábamos sentados al sol esperando la noche!. La oscuridad era la terrible, pues siempre los fusilamientos se hacían rodeados de las sombras.
Normalmente los carabineros sacaban compañeros de los camarines a media noche. No regresaban jamás. "Los Pacos" mataron más gente que todo el resto de las F.F.A.A. en el Estadio. Querían, de seguro, borrar antiguas muestras de haber defendido al Gobierno o vengar causas personales.
En un pequeño cuarto estuvimos seis noches esperando que esa fuera la última. Todos teníamos miedo, éramos políticos, obreros, profesionales y no héroes. Sin embargo, nos dábamos valor el uno con el otro y NADIE FLAQUEÓ. NADIE RENEGÓ DE NADA. El miedo a morir, sin haber visto la derrota de la Dictadura, nos dio valor.
Al sexto día, pasadas las 14 horas una voz habló por los parlantes del estadio. El Cónsul General de los Estados Unidos de América buscaba a un joven compatriota. Pidió datos sobre su paradero, sobre el destino de su cuerpo - si es que estaba muerto. Garantizó que personalmente se preocuparía de la suerte del o los que dieran información sobre el muchacho. No bajó al centro de la cancha como en el Film MISSING, pero todos le vimos y oímos su voz.
El joven yanqui no estaba en el Estadio. Lo habían asesinado antes, pero el Cónsul nos vio, a los treinta condenados a muerte, preguntó el porqué y los Jefes militares no encontraron respuestas apropiadas que dar al representante del MOTOR, FINANCIERO y CEREBRO del Golpe de Estado. Esa tarde se nos ordenó reunirnos con el resto. Sin querer, sin pedirlo, hasta con rabia y con asco, le debemos la vida al Cónsul yanqui...
Otro día llegó el Cónsul argentino. Salvó a un compañero que, increíblemente, era ahijado de Juan Domingo Perón.
Aparte, siempre aparte del resto, estaba un grupo especial de presos. Para ellos este hecho constituía parte de sus vidas: delincuentes comunes, pero de alto nivel: traficantes de drogas, ladrones internacionales, etc. El más famoso era el "Cabro Carrera", pedido por la policía de varios países. Ellos tenían un tratamiento especial. La comida se la hacían traer de restaurantes caros. Pagaban en dólares a la Guardia. También había pequeños rateros, lumpen que los militares introdujeron para servirse de ellos en calidad de espías, a cambio de la libertad. Siguieron robando, especialmente la comida que nos enviaban nuestros familiares, relojes, joyas...
Muchos extranjeros: brasileños, uruguayos, bolivianos, compañeros todos, que huyendo de sus respectivas dictaduras habían encontrado asilo en Chile. Fueron torturados, hambreados igual o peor que los chilenos.
Varias veces apareció el "encapuchado". Recorría, fuertemente custodiado, las graderías e identificaba a compañeros que luego eran llevados a la tortura y/o a la muerte.
El "Encapuchado" fue el símbolo más preclaro de terror impuesto como método habitual por la Dictadura Militar. Entre los presos del Estadio Nacional sembró el MIEDO, pues conocía a mucha gente y las delató a todas.
Creo que, junto al alcalde de Puente Alto, fui reconocido por él y eso motivó nuestra condena a muerte.
Nunca supimos en el estadio su identidad, pero en el año 1980 se descubrió su nombre: Juan Muñoz, agente del S.I.M. (Servicio de Inteligencia Militar), y posteriormente de la DINA. Se hastió de tanto crimen y arrepentido lo declaró a la Vicaría de la Solidaridad. Fue asesinado por la DINA.
Yo lo conocí: el año 1972 llegó a Puente Alto y solicitó el ingreso a la Federación Juvenil Socialista (F. J. S.) Pronto se destacó por ser un trabajador incansable, pero en el transcurso de su misión fue cometiendo errores que hicieron entrar en sospechas a los Dirigentes juveniles.
La Comisión de Control Interno, después de un serio estudio de su actuación, pidió su EXPULSIÓN, la que ratifiqué en mi calidad de Secretario Seccional del Partido Socialista de Puente Alto.
Increíblemente su expediente de expulsión se perdió y algunos meses más tarde lo descubrimos trabajando a nivel del Comité Central de la Juventud, desde donde lo volvimos a hacer expulsar.
Conocí a su mujer - de la que estaba separado - y a su hermana, pues ambas, por separado, acudieron a mi oficina a solicitarme recomendaciones para ingresar a trabajos distintos.
Juan Muñoz, agente del Ejército y de la DINA, pagó con su vida la traición cometida a su clase, a la clase trabajadora a la que pertenecía y a la que traicionó.
Fueron los obreros de Madeco los iniciadores del show. Al principio los "intelectuales" y los estudiantes se oponían, aducían que no era el momento propicio para demostrar alegría, pero los obreros planteaban que constituía nuestra obligación primaria la de mantenernos física y síquicamente aptos y sanos. Que el show era un arma contra los problemas que cada cual tenía internamente y, por sobre todo, para demostrar a la dictadura que no estabamos derrotados.
Triunfaron los obreros - desde luego mas realistas y mas acostumbrados a los golpes que a diario le proporciona la sociedad clasista y se hizo el show dirigido por "un muchacho muy flaco, de pelo engominado terminado en un jopo en la frente", el "Peineta González": chistes, canciones, más canciones y más chistes. Fue un éxito. Siempre los obreros saben mas que los intelectuales...
El "Peineta González" ideó un grito:
Hola qué tal?
¡Ye, ye!
- Hola qué tal?
- ¡Ye, ye!
Fue una forma de comunicación de los 30.000 o más presos con los familiares que, a diario, esperaban en las puertas y los alrededores del recinto la ansiada libertad de los suyos.
El Peineta González (animador del Primer Festival de la Canción Obrera del Cordón Cerrillos) junto a todos sus compañeros de trabajo fue llevado a la Cárcel y condenado por el supuesto delito de haber construido "tanques" y "carros blindados" para defender al gobierno.
De cuando en vez aparecía el Capellán. Un Cura católico de origen Polaco. Trabajaba en la Cárcel de Santiago. Recogía cigarrillos entre los familiares apostados en las cercanías del Estadio, prometiendo entregarlos a los destinatarios y en el interior comerciaba con ellos.
No, no era un comercio en dinero, sino en almas...
Los Domingos cantaba misa. Todos estabamos obligados a oírla, pues predicaba por los parlantes interiores de gran potencia. En un pésimo español, pese a llevar varias decenas de años en Chile, hablaba a favor de la Junta y del fascismo.
Sin embargo sus prédicas eran antológicas:
"Hijos míos, San Pablo murió en la Cárcel, no se preocupen Uds....."
"Hasta el próximo Domingo y.... descansen en Paz..."
A los que comulgaban les regalaba cigarrillos (los cigarrillos recogidos en la puerta). El primer Domingo fueron pocos, el segundo fueron más y el tercero miles.
Nos pusimos de acuerdo un par de amigos para comulgar el cuarto Domingo diciéndonos que al fin y al cabo la ostia es harina y debe contener un par de calorías que mal no le iban a hacer a nuestros hambreados cuerpos y que los cigarrillos serían bienvenidos...
Pero ese cuarto Domingo el Cura no apareció. A las 10 de la mañana los parlantes anunciaron que había muerto de un infarto cardiaco en la madrugada.
De seguro que en la otra vida - si es que la hay - debe estar repartiendo cigarros a Hitler y a Mussolini...
El cura fue un mal elemento: engañaba a los familiares, repartía cigarrillos a cambio de comuniones sin fe. Puso al servicio de la Tiranía una religión de Paz. Comerció con su Religión. ¡Mal elemento !
En cambio el Mayor Acuña fue un militar, evidentemente, antifascista. Conversaba con los presos. Trataba de paliar las duras condiciones de vida dentro del Estadio. No compartía ni el espíritu ni el modus operandi del golpe. Un día desapareció, dejó de ir al Estadio. Mucho tiempo después supimos su destino: fusilado.
Lo asesinaron por tratar de salvar la vida a un grupo de compañeros uruguayos, a los que pretendía asesinar la Dictadura. ¡Es que la gente honrada no tiene cabida entre la jauría desatada por Pinochet y Cia!.
Todos, o casi todos, guardamos un buen recuerdo de ese militar que no amaba, de seguro, la Democracia: Q.R.E.P.
En el Estadio Nacional pronto se creó un mundo propio, un universo formado de dolores, de angustias, de hambres, de terror y de esperanzas. Obviamente los militares no sabían como tratarnos. Habían estudiado en las Academias (tal cual lo reconoció mas tarde, en Chacabuco, un Coronel) la manera de tratar a los "Enemigos extranjeros", pero no sabían que hacer con los "enemigos internos", porque para ellos la cosa estaba clara: éramos prisioneros de guerra.
Habían ganado la guerra, una guerra que no vimos, en la que no participamos, pero en la que fuimos vencidos.
- ¿Debían aplicarnos los Acuerdos de Ginebra en cuanto a ser vencidos y prisioneros de guerra?.
- ¿Eramos traidores a la Patria?.
- ¿Qué delito se nos imputaba?.
- ¿Qué legislación nos era aplicable: la civil, la militar?
No lo sabía y actuaban conforme a su propia desorientación: con rabia, con odio a nosotros, pero, principalmente, con odio a si mismos.
Los presos lo sabíamos: Estabamos allí por ser demócratas, por ser Socialistas, por ser Constitucionalistas, por amar a la Libertad, la Justicia Social y la Democracia Integral...

1 comentario:

Francisco Martinez dijo...

Testimonios como estos son nuestra historia , nuestra triste historia que relata la cobardia de lo que armados abusaron hasta la locura de sus hermanos desarmados,asi como los valientes soldados que se ensañaron con su propio pueblo, dios nos ampare y que esto no ocurra nunca mas