lunes, 3 de septiembre de 2007

YO ACUSO A PINOCHET

Testimonio de Rosa Gutiérrez Silva
Desde Argentina Remember-Chile ha recibido este testimonio, escrito por una mujer que sobrevivió a la tortura y la persecución. Era ella una estudiante de secundaria cuando se le detuvo y torturó en tres ocasiones en menos de un año. Aún hoy el Comandante en Jefe del Ejército de Chile, General Izurieta, justifica crímenes y asesinatos afirmando que en esos años Chile se encontraba en guerra. El presente testimonio lo desmiente: Rosa era una adolescente que ejercía su derecho democrático de tener ideas políticas, esperaba iniciar sus estudios de Medicina, no había cometido ningún delito y no estaba en guerra con nadie. Pero la dictadura estaba en guerra con ella y después de torturarla la empujó al destierro a los 17 años. En esta denuncia, escrita tras 25 años de silencio, Rosa se refiere a secuelas psicológicas que aún hoy la atormentan. Su testimonio se une al de miles que han hablado por ellos mismos o por sus familiares, pero aún quedan muchos otros que como Rosa han callado quizá por demasiado tiempo.
La que suscribe declara haber salido de Chile el 5 de septiembre de 1974 y no haber vuelto hasta 1986, pues el régimen militar me había prohibido el regreso al país. Presento hoy mi testimonio, fuera de Chile, ya que las condiciones políticas de ese país son inseguras. Lo hago porque deseo que no quede impune el atropello, el dolor y el desgarro que sufrí y que sé es el sufrimiento de muchos y de mi familia e hijas que se vieron privadas de disfrutar a sus tíos primos y abuelos, y esos sobrinos que yo ayudé a criar y con los cuáles tengo pocos años de diferencia y a los que según palabras textuales de ellos: "Pinochet les robó a su tía". Ellos preguntaban una y otra vez por ella hasta que una respuesta, después de muchos años, les desgarró el alma: "¡La tía Rosa no volverá más!"
Fui una militante de las Juventudes Comunistas de Chile, como adolescente y con los ideales de todo adolescente. Presidí el Centro de Estudiantes del Liceo[2] Nº 1 de Niñas de Valparaíso y apoyé activamente el gobierno de la Unidad Popular[3]. Cursaba cuarto año de Enseñanza Media y estaba apunto de dar la Prueba de Aptitud Académica (PAA)[4] para ingresar a la Universidad, cuando el 11 de Septiembre de 1973 me enteré del golpe con la incredulidad de una militante y con el dolor de un proceso de ideales rotos.
A los 24 días aproximadamente, al regresar del Liceo, encuentro que mi casa estaba siendo allanada. Uno de mis hermanos, que me esperaba a los pies del cerro, me dijo que no regresara porque habían preguntado por mí. Días después, estando yo en el Liceo, dos marinos me entraron a buscar a la sala de clases y me llevaron a una Escuela en la cual había varios dirigentes estudiantiles. Como una consigna no premeditada, nosotros no nos hablábamos.
Un Oficial de la Marina me interrogó acerca de cuántas células comunistas funcionaban en mi Liceo, como eso no se confiaba a nadie me negué y desconocí el hecho. Un par de cachetadas[5] fueron mi primer enfrentamiento con la realidad. Yo no sabía ante quienes me enfrentaba. Tenía 17 años. Me dejaron en libertad aconsejándome con rudeza que dejara mis estudios. Aquello lo conversé con el que después fue mi esposo y compañero durante 15 años. Creyendo que no era tan grave, pensando sólo que debíamos irnos a otra provincia, quedamos a la espera de los resultados de la PAA.
Dos meses después, una madrugada mi padre llamó a la puerta de mi dormitorio y me dijo: "Hija... la vienen a buscar..." Al despertar me di cuenta de que mi casa estaba siendo nuevamente allanada. Mi padre era peluquero y mi madre ama de casa, ambos lloraban y un primo hermano también. Quien comandaba la patrulla me ordenó: ¡Debe acompañarnos! Mis padres quisieron saber a dónde me iban a llevar, pero ellos no contestaron. Salí con lo que alcancé a tomar para medio vestirme: el camisón, un pantalón y un chaleco que mamá me alcanzó. Me subieron a un camión militar con infantes de marina armados a cada lado y subieron por el Cerro O'Higgins. Entraron por diferentes calles del cerro allanando las casas y abriendo las puertas a patadas. En total sacaron a unos quince compañeros y los subieron al vehículo, dejando gritos y violencia en cada lugar. En una casa se escuchó un disparo y allí no subieron a nadie. Íbamos encapuchados con nuestros pulóveres que más adelante fueron reemplazados por capuchas malolientes. Al llegar arriba del cerro, en un lugar llamado Miradero O'Higgins nos hicieron bajar y nos colocaron en fila tocándonos con los hombros. Yo era la única mujer del grupo. Alguien ordenó: ¡apunten! Y nos dispararon sobre nuestras cabezas, …yo me caí del miedo. A lo lejos se escuchaban ráfagas de ametralladoras.
Luego bajaron del cerro a toda velocidad. Nos llevaban acostados en el piso del camión, como éramos muchos. Cuando bajábamos por la calle Washington pude mirar hacia mi casa y ver a mis viejos llorando en la puerta, sentí terror que les dispararan. A la altura de la Avenida Argentina, al vehículo se asomó un señor alto con una voz especial, quien dice: "Estos son los enfermos de «Upitis»[7]. ¡Arriba, Arriba!" (Con el tiempo me di cuenta de que la orden que dio fue que nos llevaran a la Academia de Guerra Naval, que quedaba en Playa Ancha). Nosotros estábamos encapuchados y oíamos que nos alejábamos del Centro. Sólo transitaban vehículos militares ya que había toque de queda. En el recinto militar nos hicieron subir unas escaleras. Yo conté los peldaños, porque alguien me susurró que los contara. Fueron veinte escalones, un descanso y luego diez escalones. Así hasta el cuarto piso, en donde nos empujaron adentro de una habitación. Era un recinto de diez metros por veinte, con una pocas colchonetas en el piso.
Durante varios días esperé, mientras por la noche no dormía debido a los alaridos, gritos, golpes y gemidos y, más de una vez, disparos. Cuando entraba algún oficial, por lo general a eso de las seis de la tarde, nos encapuchaban y nos cuidaban unos marinos con un pañuelo en la cara y metralletas. Pero había un oficial que se paseaba entre nosotros a cara descubierta, era alto, tenía el rostro con rasgos caucásicos, pelo y ojos negros. Nos torturaba psicológicamente diciéndonos: "¿Quieren estar en sus casas?" Nadie contestaba y él decía: "Yo también. ¿Quieren comer pollo con papas[8] a la cacerola? Yo, lo mismo." Aquellas palabras dejaban mal, daban ganas de suplicar, pero nadie, por lo menos en el tiempo que estuve detenida allí, se quebró. Mis padres, mi compañero y mis hermanos recorrían los regimientos para saber mi paradero. Con un marino conocido me hacen llegar ropa y así confirmaron que yo estaba allí.
Durante mi permanencia allí reconocí a la esposa del Alcalde Barrientos de Viña del Mar y a unos dirigentes de la Universidad, quienes me dieron instrucciones: no hablar nada, que era peor, que no hablara de mi militancia sino del liceo y nada más. Me llevaron al primer interrogatorio, encapuchada hasta la cintura, me sentaron y me leyeron mi ficha. Después me preguntaron: "¿Militas en la Jota? (Juventudes Comunistas de Chile)" Yo lo negué y dije: "Sólo simpatizo con la Unidad Popular." No me creyeron y a continuación tuve un largo período de sesiones de tortura con electricidad a través de unos anillos que me ponían en los dedos de las manos, en las uñas y otros lugares. Siempre eran dos o tres los torturadores y cada cierto tiempo aparecía una voz que me decía: "Yo te quiero ayudar". Y yo lloraba. Más anillos eléctricos y bofetones. Me hicieron desnudarme. Yo no tenía fuerzas y como no me cubría, desnuda me tiraron al piso. Perdí el conocimiento varias veces. Luego sentí que me arrastraron hasta dejarme en el piso de la habitación común. Ahí la esposa del Alcalde Barrientos les gritó: "¡Qué le hicieron, no se dan cuenta que es una niña!"
A los pocos días me ordenaron preparar mis cosas para un "traslado". Yo me quedé helada, trataba de refrescar mi memoria con la imagen de mis viajes que no eran muchos. Sólo había ido a Santiago por asuntos del partido[9] y a hacer unos cuantos trabajos voluntarios en Quilpué. Yo nací y viví todo el tiempo en Valparaíso.
Los compañeros que había en ese lugar me hicieron repetir el número de mi documento de identidad y mi nombre completo, por si me pasaba algo. La señora de Barrientos me dio un papelito y me dijo que le avisara a su familia que se fuera del país, que ella está bien y dónde está. Ese papel me lo comí por miedo a que me lo encontraran. Nos registraban hasta la vagina. Me encapucharon y en un viaje en el que yo estaba aterrorizada, pues fue de noche, me trasladaron. Yo no sabía adónde porque después de unos momentos era imposible adivinar el rumbo que seguían. En el Regimiento de La Calera me bajaron y fui encerrada sola en un calabozo. Antes de entrar, un soldado me revisó de manera brutal, introduciéndome las manos en la vagina, por si llevaba armas. (Desde aquellas agresiones el pánico que me paraliza, aún perdura. Tras catorce años de psicoanálisis, todavía me paralizo ante una agresión y no soy capaz de huir ante un ataque). Mi terror aumentó cuando me di cuenta que no podía respirar y pedí que me subieran la capucha. Entonces observé, que los que estaban allí no eran marinos ni carabineros[10], sino hombres del Ejército.
Estuve en el calabozo hasta que me obligaron a ducharme. Me arreglaron un poco y me dijeron: "¡Ni una palabra de lo que has visto!" Después un soldado al que yo no conocía me trató con firmeza, pero casi paternalmente. Me dijo: "Soy el Teniente Coronel Becker Sepúlveda. Su familia habló con un tío de mi madre. Como verá, esto yo lo hago por mi tío y no por usted y como con esto yo me comprometo, para dejarla en libertad necesito que ponga su nombre, de su puño y letra, en esta libreta de unos comunistas. Su hermano la espera." Yo me acobardé y firmé. No tenía otra alternativa, y firmé. Pido perdón si a alguien perjudiqué. Este Teniente Coronel era sobrino de Manuel Contreras Sepúlveda y su impunidad estaba totalmente cubierta por lo que abusó del dolor de toda mi familia y además me utilizó para fines personales.
El 5 de diciembre de ese año 1973 me casé con la firme decisión de irme a otra provincia. Publicaron los resultados de la PAA. Yo quedé seleccionada en la carrera de Medicina en la Universidad de Concepción, y en todas las otras carreras en las que me había inscrito, pero ese intento se vio frustrado por una tercera detención que sin duda marcó mi situación para siempre. En febrero de 1974 me detuvieron por tercera vez. Yo estaba en casa de un hermano cuidando a cuatro de mis sobrinos, que eran diez. Según el relato posterior de mi padre, había llegado a la peluquería alguien disfrazado, que le dijo: "Señor Gutiérrez: tengo un mensaje de la Jota para su hija... Necesitamos saber donde está." Y mi papá le dijo donde yo estaba, ya que desde mi última detención no dormíamos en la casa de mis padres por el temor de ser detenida de nuevo. Cuando me fueron a buscar, yo le estaba dando el biberón al menor de mis sobrinos y con él en brazos salí a abrir. Eran de Investigaciones[11], me dijeron: "¡Queda usted detenida!" Yo sentí que el mundo se me derrumbada. Me introdujeron en un coche a plena luz del día, y sólo al llegar al centro de Valparaíso me encapucharon, colocándome en el piso el vehículo.
Al llegar al cuartel de Investigaciones, como en todas las veces anteriores, me fotografiaron de frente y de perfil. Durante las sesiones de tortura nos hacían rodar por el suelo y nos tiraban al cuerpo metralletas y armas, esto duraba. Todos los detenidos éramos estudiantes secundarios, nos golpearon a rabiar y realmente cuando te golpean, sólo deseas morir. En una oportunidad sentí que quedaba sola en la cabina de tortura y levanté la capucha y pude ver una máquina pequeña tipo sacapuntas[12] de oficina, conectada a la pared por un enchufe (luego supe que era la picana eléctrica ). Además había un cartel que decía: "No deben extralimitarse en el uso de maltratos ya que el que se interroga puede o no ser extremista, pero al salir será un extremista en potencia." Luego de unos días de torturas, careos, maltratos y vejámenes, con la amenaza de no ingresar a la universidad me soltaron en un ascensor de Playa Ancha, cerca de la Aduana. Bajé por el mismo ascensor y en la calle un feriante que vendía frutas me dio guindas y me dijo que era habitual que los dejaran ahí. Además me dio dinero para volver a casa. Yo tenía las manos hinchadas por los anillos de la picana y mi ropa la sentía sucia, al llegar casa sólo le expresé a mi compañero que me suicidaría si volvían a detenerme.
A fines del mes de agosto y estando yo en casa, con el objeto de entregarme unos libros llegó un hombre que me dijo: "Acá está funcionando una célula del MIR[14] en una peluquería y necesitamos que colabores." Me citó para una semana después con la amenaza de detenerme y no volver a contar el cuento. Yo ubiqué a mi compañero, ya que prefería cualquier cosa antes de ser colaboradora y ese mismo día salimos hacia Santiago donde sacamos pasaporte con un domicilio prestado a través del Comité para la Paz. Me entrevistó una Asistente Social quien me aconsejó que saliese del país, por la edad que tenía y lo peligroso de mi situación personal. El 2 de septiembre de 1974 firmé por última vez en una Comisaría en Valparaíso (lo hacía ya desde hacía mas de 6 meses y era como estar presa en la casa), no sabiendo que no volvería durante doce años a mi ciudad natal. El 5 de septiembre salimos de Chile en avión, junto a una decena de otras personas, que también habían sido detenidos, y las parejas de los mismos, con destino a Mendoza, Argentina, en donde tramitamos las visas a Canadá.
A través de este testimonio acuso al Gobierno del golpista Augusto Pinochet, por mis catorce años de exilio; a quienes dirigieron la Academia de Guerra Naval, por las torturas recibidas, y a quienes destruyeron a mi familia dejado cesantes[15] a mis tres hermanos. Pido disculpas por los errores de redacción, pero es difícil rememorar el dolor ya que se vuelve a sentir. Omito detalles en honor a mi familia e hijas y para ahorrar lágrimas que hasta hoy eran en vano, pero detallaré todo en una declaración verbal si me es solicitada.