lunes, 24 de septiembre de 2007

UNA HISTORIA DE FANTASMAS

La primera vez que contemplé un fantasma, tenía yo apenas 10 años, y como le vi a plena luz de la tarde de un día de verano, tuve incluso dudas de que lo fuera, pero al comentárselo a mis abuelos, los porteros de la quinta de recreo de los duques de N. (lugar encantador por cierto, construido en tiempos de Carlos III), ellos se quedaron pensativos y, mirando de soslayo, como si temieran ser espiados, me dijeron que se suponía que en la mansión y por los jardines vagaban fantasmas, que ellos nunca habían visto, pero que corría el rumor, y que si los volvía a ver me santiguase y rezara tres padrenuestros por el eterno descanso de sus almas en pena.
Mi abuela me cogió aparte y me dijo que aquellos pobres espectros debían haber muerto en pecado mortal, porque de lo contrario no vagarían eternamente, y añadió:
-Es como la Santa Compaña, hijita, pues dicen que los han visto desfilar por salas y corredores de la quinta, estrafalarios y gesticulantes, burlones y espantosos, como perdidos, dando vueltas sin saber hallar nunca el camino de salida. ¡Quién sabe cuando encontrarán la paz del Señor!
Pero yo era una niña y los niños son inconscientes, atrevidos, y se hallan dotados de una gran imaginación en la que cabe todo lo irreal y muy poca sensatez; de esta forma, para mí se convirtió en un juego maravilloso ir a la caza del fantasma por los vericuetos del versallesco parque que rodeaba la mansión de los duques de N., demasiado ricos y demasiado despreocupados de sus posesiones como para veranear cada año en aquel bello rincón del que se encargaban mis abuelos, con el refuerzo de asalariados contratados de vez en cuando en el pueblo cercano. Yo era la única niña de todos sus nietos y ellos gustaban de que los acompañase durante los estíos, “para hacer salud”, como decían a mis padres que, encantados, él lacayo del duque y ella costurera de la duquesa, se desprendían de mí, puesto que yo entonces era una criatura de frágil salud que más que satisfacciones les ocasionaba preocupación, como supe muchos años después, ya que todos temían que no pudiera pasar de la edad del desarrollo. Así que feliz y mimada transcurrían los hermosos días del verano en mi infancia. Y fue en uno de esos días espléndidos cuando tuvo lugar el encuentro con el fantasma.
Yo corría persiguiendo a uno de los perros de la finca, que acabó por esconderse de tal manera que ya no pude dar con él cuando, doblando un seto, casi tropezamos el fantasma y yo, dado que veníamos en direcciones opuestas.
Al verlo me detuve sorprendida y otro tanto hizo él, y tal quedamos mirándonos de hito en hito, sin saber yo que decir ni qué hacer. Era alto, joven, apuesto y vestía elegantemente, aunque con ropas pasadas de moda que me dieron la impresión de un disfraz. Semejaba arrancado de la misma corte de Carlos III, noble caballero de brillante casaca, calzón corto, medias de fina seda y chapines con hebilla de plata; una impecable peluca, diríase recién estrenada, cubría su cabeza.
Debía contemplarle boquiabierta por el asombro, y él, a su vez, me observaba con una expresión muy rara, mezcla de desagrado e incredulidad, como si pensara que quién era yo o qué hacía allí importunándole, luego dio un paso hacia delante con gesto que se me antojó torvo y, asustada, giré sobre mis talones, huyendo. Mas la experiencia, en lugar de hacerme prudente, acicateó mi curiosidad y ni las recomendaciones de mis abuelos, ni mi propia huida inicial, me impidieron reincidir en la morbosa esperanza de volverme a encontrar con el espectro.
Dicen que en la infancia hay un ángel que nos protege; yo debía tener una legión porque durante aquel verano troté por senderos y avenidas en las cuales pude tropezarme, ocasionalmente, con algún que otro fantasma, todos pertenecientes a la misma época del primero, damas nobles, bellísimas, y cortesanos galantes que, o bien se encontraban con ellas, o bien paseaban a su lado, pero exceptuando a “mi” espectro, ninguno de ellos me descubrió. Yo los espiaba e incluso podía oír el rumor de sus conversaciones y debo reconocer que no estaba nada asustada ya que para mí aquella persecución era, creo haberlo dicho antes, un juego muy divertido, aunque hay que decir, a fuer de sincera, que los encuentros siempre tuvieron lugar en el parque y nunca en la mansión, que, por otra parte, se hallaba cerrada, exceptuando los días de limpieza, ya que mis abuelos, como porteros de la finca, vivían en una casita cercana a la verja de entrada.
De todas maneras, ese verano fue el último que pasé allí, y creo que en ello tuvo mucho que ver el que ingenuamente contase a mis abuelos parte de aquellas andanzas sobrenaturales. Llegaron a transcurrir algunos años antes de que volviese de nuevo a la quinta y para entonces, ya era una mujer, mis abuelos habían fallecido y la finca, abandonada a su suerte, dormía el despeinado sueño de las mansiones que aún poseyendo herederos, nadie reclama ni cuida. De tal suerte, un día, muchos veranos después, inducida por la nostalgia, me acerqué a visitar el escenario de mis antiguos correteos infantiles.
La puerta de entrada del parque se hallaba herrumbrosa y chirrió siniestramente... ¡Dios mío!, qué desolación de senderos, que pena de parque donde los setos se enmarañaban y las hojas muertas cubrían espesamente los antaño cuidados caminillos de grava fina; hasta la casita de mis abuelos acusaba el paso de los años, pues tiempo y anónimo vandalismo habían llevado a cabo su obra. Recordé, no sin cierta irónica amargura, cómo en la guerra de la Independencia, de ello hacía más de cinco lustros, los generales franceses habían ordenado respetar aquella finca por mandato expreso del emperador.
Pero los tiempos cambian y las gentes también y, con toda seguridad, el hermoso palacio tenía que haber sufrido sus estragos, visto lo que estaba viendo. Mas, cuál no sería mi asombro, que vislumbrando la fachada del edificio, pude comprobar como éste se hallaba intacto y parecía como si lo acabasen de remozar, e incluso la parte del jardín que allí daba ofrecía un inesperado y pulcro aspecto. Todo resultaba tan nuevo que no pude por menos que sorprenderme ya que no resultaba lógico; es más, hasta me atrevería a decir que era irreal.
-Debo de estar soñando -pensé-, porque lo que veo no puede ser cierto...
Aunque estábamos en verano, un súbito escalofrío recorrió mi cuerpo, y no había para menos, dado que en ese preciso momento, llegó hasta a mí un rumor que provenía de la parte trasera de la mansión, de la explanada oval dedicada a fiestas y saraos de los duques de N. Oír aquello y recordar a los fantasmas de mi infancia, fue todo uno y, como en sueños, apresuré el paso, sin ningún miedo, en la dirección requerida.
Acorté por entre los setos que tan bien conocía y, al doblar la esquina del edificio me detuve, estupefacta, pues allí, en escena de otro tiempo, tenía lugar un baile. Dieciochescas damas, con sus no menos cortesanas parejas, evolucionaban al aire libre bajo la dulzura de un sol crepuscular, mientras que un grupo de músicos ejecutaba bellas piezas. Era una amable algazara y me felicité por el valor del que estaba dando muestras, pero la verdad es que aquellos espíritus no me aterraban sino me producían una honda ternura; ¡felices ellos que durante toda la eternidad danzarían, ajenos al discurrir de los siglos!
Y así hubiera permanecido absorta contemplándolos de no mediar algo incomprensible que truncó inopinadamente la estampa, sumiéndome en un mar de confusiones, y que todavía hoy, ya anciana, continúan atormentándome sin que pueda hallarles respuesta. El baile se encontraba en su apogeo cuando una voz estentórea deshizo el encanto de la música con este singular grito:
-¡Corten!... Muy bien, ha salido perfecto... Se acabaron los exteriores, mañana mismo rodamos la última escena en los estudios.
Al conjuro de tal estridente voz, la aristocrática concurrencia empezó a perder compostura riéndose, saltando algunos, y, todos, sin excepción, empezaron a quitarse las pelucas entre grandes aspavientos de alivio, y, entonces para que la sorpresa fuera mayor, descubrí entre ellos al espectral caballero de mi infancia, y él también a mí, y de pronto se hizo un silencio extraño al que siguieron estas palabras pronunciadas por mi antiguo conocido mientras me señalaba con el dedo ante el terror del resto de los allí congregados que asimismo me estaban viendo ya:
-¿No os había dicho yo que por este lugar pululaban los fantasmas?