miércoles, 29 de agosto de 2007

LAS TRES PIPAS


Una vez un miembro de la tribu se presentó furioso ante su jefe para informarle que estaba decidido a tomar venganza de un enemigo que lo había ofendido gravemente.Quería ir inmediatamente y matarlo sin piedad. El jefe lo escuchó atentamente y luego le propuso que fuera a hacer lo que tenía pensado, pero antes de hacerlo llenara su pipa de tabaco y la fumara con calma al pie del árbol sagrado del pueblo.El hombre cargó su pipa y fue a sentarse bajo la copa del gran árbol. Tardó una hora en terminar la pipa. Luego sacudió las cenizas y decidió volver a hablar con el jefe para decirle que lo había pensado mejor, que era excesivo matar a su enemigo pero que sí le daría una paliza memorable para que nunca se olvidara de la ofensa.Nuevamente el anciano lo escuchó y aprobó su decisión, pero le ordenó que ya que había cambiado de parecer, llenara otra vez la pipa y fuera a fumarla al mismo lugar. También esta vez el hombre cumplió su encargo y gastó media hora meditando.Después regresó a donde estaba el cacique y le dijo que consideraba excesivo castigar físicamente a su enemigo, pero que iría a echarle en cara su mala acción y le haría pasar vergüenza delante de todos.Como siempre, fue escuchado con bondad pero el anciano volvió a ordenarle que repitiera su meditación como lo había hecho las veces anteriores. El hombre medio molesto pero ya mucho más sereno se dirigió al árbol centenario y allí sentado fue convirtiendo en humo, su tabaco y su problema.Cuando terminó, volvió al jefe y le dijo: "Pensándolo mejor veo que la cosa no es para tanto. Iré donde me espera mi agresor para darle un abrazo. Así recuperaré un amigo que seguramente se arrepentirá de lo que ha hecho".

El jefe le regaló dos cargas de tabaco para que fueran a fumar juntos al pie del árbol, diciéndole: "Eso es precisamente lo que tenía que pedirte, pero no podía decírtelo yo; era necesario darte tiempo para que lo descubrieras tú mismo".

Cuentan que un cierto hombre estaba perdido en el desierto, a punto de morir de sed.
Cuando él llegó a una casita vieja -una cabaña que se desmoronaba- sin ventanas, sin techo, golpeada por el tiempo.
El hombre deambuló por allí y encontró una pequeña sombra donde se acomodó, huyendo del calor del sol desértico.Mirando alrededor, vio una bomba a algunos metros de distancia, muy vieja y oxidada.
El se arrastró hasta allí, agarró la manija, y empezó a bombear sin parar.
Nada ocurrió. Desanimado, cayó postrado hacia atrás y notó que al lado de la bomba había una botella. La miró, la limpió, removiendo la suciedad y el polvo, y leyó el siguiente mensaje:
"Primero necesitas preparar la bomba con toda el agua de esta botella, mi amigo"PD.: "Haz el favor de llenar la botella otra vez antes de partir."El hombre arrancó la rosca de la botella y, de hecho, tenía agua.
¡La botella estaba casi llena de agua! De repente, él se vio en un dilema:
Si bebía el agua podría sobrevivir, pero si volcase el agua en la vieja bomba oxidada, quizá obtuviera agua fresca, bien fría, allí en el fondo del pozo, todo el agua que quisiera y podría llenar la botella para la próxima persona... pero quizá eso no salga bien.¿Qué debería hacer? ¿Volcar el agua en la vieja bomba y esperar el agua fresca y fría o beber el agua vieja y salvar su vida?¿Debería perder todo el agua que tenía en la esperanza de aquellas instrucciones poco confiables, escritas no se sabía cuando?Con temor, el hombre volcó todo el agua en la bomba. Enseguida, agarró la manija y empezó a bombear... y la bomba empezó a chillar. ¡Y nada ocurrió! Y la bomba chilló y chilló.
Entonces surgió un hilito de agua; después un pequeño flujo, ¡y finalmente el agua salió con abundancia! La bomba vieja y oxidada hizo salir mucha, pero mucha agua fresca y cristalina. Él llenó la botella ybebió de ella hasta hartarse. La llenó otra vez para el próximo que por allí podría pasar, la enroscó y agregó una pequeña nota al billete preso en ella: "¡Créeme, funciona! ¡Necesitas dar todo el agua antes de poder obtenerla otra vez!"
Podemos aprender cosas importantes a partir de esa breve historia:
1. Ningún esfuerzo que hagas será valido, si lo haces de la manera equivocada.
Puedes pasar toda tu vida intentando bombear algo cuando alguien ya reservó la solución para ti. ¡Pon atención a tu alrededor! ¡Dios está siempre listo a suplir tu necesidad!
2. Escucha atentamente lo que Dios tiene para decirte en la Biblia y confía. Como ese hombre, nosotros tenemos las instrucciones por escrito a nuestra disposición. Basta usarlas.
3. ¡Aprende mirar adelante y comparte! Aquel hombre podría haberse hartado y olvidarse de que otras personas que necesitasen del agua pudiesen pasar por allí. Él no se olvidó de llenar la botella y todavía supo dar una palabra de incentivo. Preocúpate con quien está cercano a ti, recuerda: sólo podrás obtener agua si la das antes. Cultiva tus relaciones, ¡y da siempre lo mejor de ti!

Amistad, quizás sea eso


Quiero ser para tí como un puente sobre el río. De este lado, tu hoy. Del otro lado, tu mañana.
Entre ambas orillas, el río de la vida: a veces está calmo, a veces turbulento; algunas veces traicionero, otras profundo y barroso.
Es necesario atravesarlo.
No soy Dios ni pretendo jugar a Dios. Sólo Él puede llevarte con seguridad a la otra orilla.
Pero sí quiero ser el puente que haga más fácil tu trayecto.
Si tienes miedo, pasa sobre mis hombros. Si no quieres correr riesgos, usa mis hombros.
Si encuentras que no conviene pasar solo, usa mis hombros. Si me balanceo, no tengas miedo.
Dios me colocó en tu camino para ayudarte a cruzar el río de la vida. No vaciles en pisar solamente en mí. Y cuando estés por llegar, si quieres, recógeme. Pero si me entiendes bien, déjame en donde estoy: otros pasarán por mí, como tu pasaste.
Pero quiero que continúes en tu caminar. Soy tu puente para muchas travesías de la vida. Si me quieres, entonces, puedes llamarme amigo.
Ten calma.Ten calma, desacelera el ritmo de tu corazón silenciando tu mente.Afirma tu paso con la visión del futuro.Encuentra la calma de las montañas.Rompe la tensión de tus nervios y músculos con la dulce música de los arroyos que viven en tu memoria.
Vive intensamente la paz del sueño.
Aprende a tomar vacaciones de un minuto, al detenerte a mirar una flor, al conversar con un amigo, al contemplar un amanecer o al leer algunas líneas de un buen libro.
Recuerda cada día la fábula de la liebre y la tortuga, para que sepas que vivir más intenso no quiere decir vivir más rápido y que la vida es más que aumentar la velocidad.
Voltea hacia las ramas del roble que florece y comprende que creció grande y fuerte porque creció despacio y bien.
Ten calma, desacelera el paso y echa tus raíces en la buena tierra de lo que realmente vale, para así crecer hacia las estrellas.

martes, 28 de agosto de 2007

estadio nacional 1973




Llegué el 2 de Octubre desde el Regimiento de Puente Alto donde había estado diez días en un calabozo oscuro, sin comida, sin agua, sin cobijas, descalzo y sin mis lentes ópticos, recibiendo una tunda cada noche en nombre de la "Libertad" recuperada por las F.F.A.A. de manos de los marxistas".
Nos trajeron, atados con alambres, de dos en dos, en un bus controlado por una cincuentena de soldados. A la salida del Regimiento había gente que, pese al terror, nos despidió con sonrisas tristes y gestos fraternos.
Me sentía mejor, mejor pues estaba con mis compañeros, con mis camaradas, con los de mi clase. Iba con el Alcalde, con Trabajadores de la Salud, con Obreros Municipales, con taxistas, con dirigentes políticos de base, con sindicalistas, con militantes todos de la Unidad Popular.
Recién me habían sacado del aislamiento, había podido fumar un cigarrillo, comer un poco de porotos duros y estrechar las manos amigas. Era mejor que estar solo esperando la noche para recibir la golpiza de oficiales enfermos de un odio recién parido.
Los jefes del Estadio Nacional ignoraban cuantos habíamos, pues ingresaban centenas cada día y perdían la cuenta. Por eso, periódicamente hacían recuentos a cualquier hora de la noche.
En una oportunidad nos sacaron a la una de la madrugada a la "Pista de Ceniza" del Estadio. Uno a uno fuimos llevados al Sector Norte. Los no llamados fueron encuestados al amanecer. Naturalmente, esa y otras noches no pudimos dormir.
El régimen interno era arbitrario, absurdo, torpe y malsano: Levantarse a las 6 de la mañana e ir a sentarse a las graderías (generalmente a esa hora hacía frío, varias veces cayó la helada lluvia de Octubre). A las 8 o 9 un panecillo y una micro taza de algo que, ampulosamente, llamaban "CAFE", a las 13 o 14 horas la misma taza de porotos semicocinados. A las 17 horas otra taza de "LECHE" (se trataba de agua caliente a la que agregaban un tarro de crema por cada cincuenta litros de agua). A las 18:30 horas, encierro.
El 11 de Octubre el Estadio amaneció embanderado. El Pabellón Patrio flameaba en todo su contorno: celebraban el PRIMER MES DE DICTADURA. Anunciaron por los parlantes internos que ese día darían un almuerzo especial: POLLO.
Efectivamente lo hubo, y la prensa adicta (la otra no existía) informó de ello presentándolo como "una muestra de la preocupació humanitaria del régimen para con los marxistas", pero la carne estaba putrefacta. Eran pollos descompuestos imposibles de vender (Yo tenía mucha hambre, pero no me la pude comer, ni aún tomar el caldo, pues su hedor era insoportable). Así celebraron el primer mes del asesinato de Allende.
El encierro nocturno lo hacían en los "camarines" y "escotillas" del estadio. No cabíamos todos. No nos podíamos sentar. Dormíamos de costado, uno pegado al lado del otro, teniendo por colchón las baldosas y cubiertos con una frazada por persona (Eran frazadas nuevas, habían llegado en Agosto como obsequio del pueblo búlgaro al pueblo chileno, aún tenían el timbre de aduana).
Los muy lastimados por los golpes y torturas no podían dormir. Muchos tenían pesadillas recordando en sueños las experiencias vividas en manos de soldados, policías y torturadores. Llegamos a un fraternal acuerdo con el Alcalde de Puente Alto, compañero Luis Osorio; poníamos una frazada en el suelo que nos resguardaba del frío de abajo y nos cubríamos ambos con la otra que nos resguardaba del frío de arriba...
Para matar el tiempo (nunca habíamos matado a nadie, aunque no nos faltaban ahora deseos de hacerlo), recurrimos a arbitrios diversos: contar chistes, cantar, narrar películas (el Dr. Alvarez contó toda la Segunda Guerra Mundial con "pelos y señales"). Alguien, un carnicero, habló sobre la manera de beneficiar una res. Otro sobre los éxitos y fracasos de la construcción de casas para obreros. Un profesor dio a conocer el proyecto de la E.N.U. (Educación Nacional Unificada), plan del Gobierno Popular que sirvió de bandera a la Democracia Cristiana para acusarnos de pretender "comunizar" el país (se trataba de una adaptación del sistema escolar de Austria). Lo importante era no encontrar el camino a la desesperación. Había que ser fuerte en la desgracia. Debíamos mantenernos espiritualmente sanos, moralmente íntegros y políticamente fuertes...
Por intermedio de la Cruz Roja se recibían algunos paquetes de comida, de ropa, de cigarrillos. Sin embargo pocos llegaban a su destino, dado que los "patos malos" y los soldados se los robaban. Casi todos teníamos solamente la ropa con que andábamos vestidos y muy pocos podían darse el lujo de fumar un cigarrillo completo.
Alguna vez, - una vez por lo menos, cada uno, - fuimos interrogados:
Cien prisioneros, a las 8 de la mañana, fuimos llevados al velódromo. Hasta la madrugada había caído una persistente llovizna primaveral. Hacía frío. Nos sentaron en las graderías a esperar con la cabeza cubierta con una frazada, a los interrogadores. No veíamos, sólo oíamos:
- Águila uno, grupo uno gritó el parlante.
- Águila dos, grupo dos...
- Chacal, grupo tres.
- Bandera uno, grupo cuatro..., etc.

Me tocó el grupo cinco: "Cóndor uno". Diez interrogadores, diez grupos de diez prisioneros cada uno.
Llevaron a los primeros (el resto seguíamos con la cabeza cubierta sin ver absolutamente nada). Al rato, al mucho rato, volvieron. Algunos eran arrastrados por soldados: piltrajas humanas.
Partió el segundo grupo...
Salió el sol y empezó a hacer un poco de calor.
Volvieron los segundos y partieron los terceros. Se nos ordenó descubrirnos. El sol hirió nuestros ojos. Pudimos ver el espectáculo de nuestros compañeros ya interrogados: uno manaba sangre por boca y nariz, otro chorreaba sangre por los oídos (quedó sordo), otro se retorcía víctima de los estertores producidos por la electricidad aplicada en los testículos, uno se quejaba quedamente y se sobaba las costillas, tenía dos hundidas. Todos lucían hematomas, desgarrones de piel, moretones, etc.
Más o menos a las 11 horas, llegó un soldado del otro sector. Bajo, moreno, rasgos mapuches (después supimos que pertenecían al Regimiento de Chiloé), nos miró con cara de maldad y preguntó:
-¿Quién sabe cantar?
Nadie respondió.
- Uds. tienen que saber cantar, que cante uno para no aburrirnos...
Silencio.
- ¡Ah, nadie quiere cantar mierdas!. Van a ver ahora (no dijo ahora, dijo agora) desgraciados, y mirando al primero de la fila, le ordenó: "Canta vo".
Yo no sé cantar, respondió el aludido, que era un hombre viejo de unos 60 años o más.
- ¡Es que vai a cantar, pues concha de tu madre!. Y uniendo la acción a la palabra, descargó sobre el viejo el fusil derribándolo.
El viejo quedó en tierra semi aturdido, pero otro soldado a punta pies lo obligó a ponerse de pié.
- Vai a cantar una de Leo Dan (Leo Dan era un popular cantante juvenil argentino de la época).
- No se...
- ¡Es que tení que saber, po!. Y un violento puñetazo le rompió la boca.
El viejo - ignoro cómo lo sabía - empezó a cantar triste y lastimosamente mientras la sangre le manchaba la camisa:
"Estelita que linda que estás.
Estelita yo quiero tu amor..."

Repetía los mismos versos una y otra vez.
- Pero a mi me gusta con baile, dijo otro soldado. Vai a cantar y a bailar.
Para estimularlo disparó un tiro a los pies del anciano.
Este dio, entonces, comienzo a una danza macabra, coreada por fuertes risas de la soldadesca. El viejo cantó y bailó alrededor de un cuarto de hora, después se desplomó en el suelo y empezó a llorar...
Los milicos se fueron a sus rincones a fumar...
Al viejo yo lo conocía. Era un pequeño industrial de mi zona. Propietario de una fábrica de microbalones de gas licuado, enemigo furioso de la Unidad Popular. Para protegerse de los bandidos upelientos, compró un par de pistolas que mantenía en su escritorio. Nadie quería "tomarse" la fabriquita del viejo, pero él temía a los upelientos.
Cuando los generales dieron el Golpe se alegró y puso una bandera en la puerta de la industria: volvía la LIBERTAD. Alguien denunció que allí se guardaban armas (tal denuncia gustaba a los militares, llamaban por radio y por T.V. a hacerla). Revisaron la fábrica y encontraron las dos pistolas. Al propietario, único que estaba presente, casi lo mataron a golpes y lo llevaron al Estadio Nacional.
Al poco rato lo llamaron para interrogarlo. Dos días después salió en libertad.
¿Seguiría militando en el Partido Nacional?. ¿Seguiría odiando a la U.P. y siendo partidario del Golpe de Estado?.
A mi me llevaron a las 11,30 horas. Me cubrieron la cabeza con un saco y un soldado me encaminó con la punta del fusil en la espalda.
Llegué a un cuarto. Una voz me ordenó sentarme en una silla y me preguntó el nombre y la profesión.
Respondí.
Cuando el Interrogador supo que había sido funcionario de Gobierno Interior me hizo una fuerte caricia consistente en un golpe de puño que casi me dejó sin respiración.
Pero no me torturaron.
Alguien entró al cuarto, preguntó quién era y dio una orden: "trátenlo bien", y se fue.
Oí sus pasos y esperé lo peor, pero no me torturaron.
Me preguntaron por Carlos Altamirano, por Mario Palestro, por Oscar Garretón y por Carmen Lazo. Durante dos horas me preguntaron un sinnúmero de tonterías sin golpes, sin torturas físicas...
Oí como a otro compañero, dirigente sindical, lo apaleaban y le ponían electricidad en los testículos. Oí a otro, militante del Mapu, como le quebraron los dedos de los pies a fuerza de pisotones. Escuché gritos horribles de compañeros que torturaban en cuartos contiguos, pero a mi no.
Después fui obligado a firmar, con los ojos vendados, una Declaración en la que diría "todo lo que había contado". Firmé, aunque ignoro qué firmé, pues sabía que tal declaración carecía de valor legal y moral por haber sido hecha bajo apremio.
A la salida del cuarto, un soldado me sacó la capucha. El sol hirió mis ojos miopes. Había llegado el "almuerzo". Me dieron un jarro de porotos. Tenía hambre - siempre lo tuve en el Estadio Nacional - y me los comí. El soldado que me acompañaba que, evidentemente, había escuchado mi interrogatorio, me preguntó:
- ¿Usted fue Gobernador?
- ¡Sí!, respondí.
Lanzó una sonora carcajada y burlándose, me dijo:
- ¡Ah!, ¡era Gobernador y ahora come porotos!. Pobre, seguramente creía que los Gobernadores Populares comíamos caviar. ¡Pobre!. No entendía que éramos funcionarios de un Gobierno Popular, TRABAJADORES EN FUNCIONES DE ESTADO. No entendía que trabajamos durante tres años, noche y día para ellos, para los que nunca tuvieron nada. ¡Pobre!.
A muchos de los que volvieron del interrogatorio tuvimos que ayudarles a caminar, en la tarde cuando regresamos, pues a las 18 los "Aguilas", los "Banderas", los "Cóndor" dieron término a su trabajo después de masacrar a 100 upelientos.
Al día siguiente nos separaron. Treinta fuimos llevados al extremo superior del Estadio: estábamos condenados a muerte...
¿Porqué?.
Nunca lo supimos. ¡La lógica de los militares es absolutamente ilógica!.
¡Es desagradable saber que lo van a fusilar!
¡El día lo pasábamos sentados al sol esperando la noche!. La oscuridad era la terrible, pues siempre los fusilamientos se hacían rodeados de las sombras.
Normalmente los carabineros sacaban compañeros de los camarines a media noche. No regresaban jamás. "Los Pacos" mataron más gente que todo el resto de las F.F.A.A. en el Estadio. Querían, de seguro, borrar antiguas muestras de haber defendido al Gobierno o vengar causas personales.
En un pequeño cuarto estuvimos seis noches esperando que esa fuera la última. Todos teníamos miedo, éramos políticos, obreros, profesionales y no héroes. Sin embargo, nos dábamos valor el uno con el otro y NADIE FLAQUEÓ. NADIE RENEGÓ DE NADA. El miedo a morir, sin haber visto la derrota de la Dictadura, nos dio valor.
Al sexto día, pasadas las 14 horas una voz habló por los parlantes del estadio. El Cónsul General de los Estados Unidos de América buscaba a un joven compatriota. Pidió datos sobre su paradero, sobre el destino de su cuerpo - si es que estaba muerto. Garantizó que personalmente se preocuparía de la suerte del o los que dieran información sobre el muchacho. No bajó al centro de la cancha como en el Film MISSING, pero todos le vimos y oímos su voz.
El joven yanqui no estaba en el Estadio. Lo habían asesinado antes, pero el Cónsul nos vio, a los treinta condenados a muerte, preguntó el porqué y los Jefes militares no encontraron respuestas apropiadas que dar al representante del MOTOR, FINANCIERO y CEREBRO del Golpe de Estado. Esa tarde se nos ordenó reunirnos con el resto. Sin querer, sin pedirlo, hasta con rabia y con asco, le debemos la vida al Cónsul yanqui...
Otro día llegó el Cónsul argentino. Salvó a un compañero que, increíblemente, era ahijado de Juan Domingo Perón.
Aparte, siempre aparte del resto, estaba un grupo especial de presos. Para ellos este hecho constituía parte de sus vidas: delincuentes comunes, pero de alto nivel: traficantes de drogas, ladrones internacionales, etc. El más famoso era el "Cabro Carrera", pedido por la policía de varios países. Ellos tenían un tratamiento especial. La comida se la hacían traer de restaurantes caros. Pagaban en dólares a la Guardia. También había pequeños rateros, lumpen que los militares introdujeron para servirse de ellos en calidad de espías, a cambio de la libertad. Siguieron robando, especialmente la comida que nos enviaban nuestros familiares, relojes, joyas...
Muchos extranjeros: brasileños, uruguayos, bolivianos, compañeros todos, que huyendo de sus respectivas dictaduras habían encontrado asilo en Chile. Fueron torturados, hambreados igual o peor que los chilenos.
Varias veces apareció el "encapuchado". Recorría, fuertemente custodiado, las graderías e identificaba a compañeros que luego eran llevados a la tortura y/o a la muerte.
El "Encapuchado" fue el símbolo más preclaro de terror impuesto como método habitual por la Dictadura Militar. Entre los presos del Estadio Nacional sembró el MIEDO, pues conocía a mucha gente y las delató a todas.
Creo que, junto al alcalde de Puente Alto, fui reconocido por él y eso motivó nuestra condena a muerte.
Nunca supimos en el estadio su identidad, pero en el año 1980 se descubrió su nombre: Juan Muñoz, agente del S.I.M. (Servicio de Inteligencia Militar), y posteriormente de la DINA. Se hastió de tanto crimen y arrepentido lo declaró a la Vicaría de la Solidaridad. Fue asesinado por la DINA.
Yo lo conocí: el año 1972 llegó a Puente Alto y solicitó el ingreso a la Federación Juvenil Socialista (F. J. S.) Pronto se destacó por ser un trabajador incansable, pero en el transcurso de su misión fue cometiendo errores que hicieron entrar en sospechas a los Dirigentes juveniles.
La Comisión de Control Interno, después de un serio estudio de su actuación, pidió su EXPULSIÓN, la que ratifiqué en mi calidad de Secretario Seccional del Partido Socialista de Puente Alto.
Increíblemente su expediente de expulsión se perdió y algunos meses más tarde lo descubrimos trabajando a nivel del Comité Central de la Juventud, desde donde lo volvimos a hacer expulsar.
Conocí a su mujer - de la que estaba separado - y a su hermana, pues ambas, por separado, acudieron a mi oficina a solicitarme recomendaciones para ingresar a trabajos distintos.
Juan Muñoz, agente del Ejército y de la DINA, pagó con su vida la traición cometida a su clase, a la clase trabajadora a la que pertenecía y a la que traicionó.
Fueron los obreros de Madeco los iniciadores del show. Al principio los "intelectuales" y los estudiantes se oponían, aducían que no era el momento propicio para demostrar alegría, pero los obreros planteaban que constituía nuestra obligación primaria la de mantenernos física y síquicamente aptos y sanos. Que el show era un arma contra los problemas que cada cual tenía internamente y, por sobre todo, para demostrar a la dictadura que no estabamos derrotados.
Triunfaron los obreros - desde luego mas realistas y mas acostumbrados a los golpes que a diario le proporciona la sociedad clasista y se hizo el show dirigido por "un muchacho muy flaco, de pelo engominado terminado en un jopo en la frente", el "Peineta González": chistes, canciones, más canciones y más chistes. Fue un éxito. Siempre los obreros saben mas que los intelectuales...
El "Peineta González" ideó un grito:
Hola qué tal?
¡Ye, ye!
- Hola qué tal?
- ¡Ye, ye!
Fue una forma de comunicación de los 30.000 o más presos con los familiares que, a diario, esperaban en las puertas y los alrededores del recinto la ansiada libertad de los suyos.
El Peineta González (animador del Primer Festival de la Canción Obrera del Cordón Cerrillos) junto a todos sus compañeros de trabajo fue llevado a la Cárcel y condenado por el supuesto delito de haber construido "tanques" y "carros blindados" para defender al gobierno.
De cuando en vez aparecía el Capellán. Un Cura católico de origen Polaco. Trabajaba en la Cárcel de Santiago. Recogía cigarrillos entre los familiares apostados en las cercanías del Estadio, prometiendo entregarlos a los destinatarios y en el interior comerciaba con ellos.
No, no era un comercio en dinero, sino en almas...
Los Domingos cantaba misa. Todos estabamos obligados a oírla, pues predicaba por los parlantes interiores de gran potencia. En un pésimo español, pese a llevar varias decenas de años en Chile, hablaba a favor de la Junta y del fascismo.
Sin embargo sus prédicas eran antológicas:
"Hijos míos, San Pablo murió en la Cárcel, no se preocupen Uds....."
"Hasta el próximo Domingo y.... descansen en Paz..."
A los que comulgaban les regalaba cigarrillos (los cigarrillos recogidos en la puerta). El primer Domingo fueron pocos, el segundo fueron más y el tercero miles.
Nos pusimos de acuerdo un par de amigos para comulgar el cuarto Domingo diciéndonos que al fin y al cabo la ostia es harina y debe contener un par de calorías que mal no le iban a hacer a nuestros hambreados cuerpos y que los cigarrillos serían bienvenidos...
Pero ese cuarto Domingo el Cura no apareció. A las 10 de la mañana los parlantes anunciaron que había muerto de un infarto cardiaco en la madrugada.
De seguro que en la otra vida - si es que la hay - debe estar repartiendo cigarros a Hitler y a Mussolini...
El cura fue un mal elemento: engañaba a los familiares, repartía cigarrillos a cambio de comuniones sin fe. Puso al servicio de la Tiranía una religión de Paz. Comerció con su Religión. ¡Mal elemento !
En cambio el Mayor Acuña fue un militar, evidentemente, antifascista. Conversaba con los presos. Trataba de paliar las duras condiciones de vida dentro del Estadio. No compartía ni el espíritu ni el modus operandi del golpe. Un día desapareció, dejó de ir al Estadio. Mucho tiempo después supimos su destino: fusilado.
Lo asesinaron por tratar de salvar la vida a un grupo de compañeros uruguayos, a los que pretendía asesinar la Dictadura. ¡Es que la gente honrada no tiene cabida entre la jauría desatada por Pinochet y Cia!.
Todos, o casi todos, guardamos un buen recuerdo de ese militar que no amaba, de seguro, la Democracia: Q.R.E.P.
En el Estadio Nacional pronto se creó un mundo propio, un universo formado de dolores, de angustias, de hambres, de terror y de esperanzas. Obviamente los militares no sabían como tratarnos. Habían estudiado en las Academias (tal cual lo reconoció mas tarde, en Chacabuco, un Coronel) la manera de tratar a los "Enemigos extranjeros", pero no sabían que hacer con los "enemigos internos", porque para ellos la cosa estaba clara: éramos prisioneros de guerra.
Habían ganado la guerra, una guerra que no vimos, en la que no participamos, pero en la que fuimos vencidos.
- ¿Debían aplicarnos los Acuerdos de Ginebra en cuanto a ser vencidos y prisioneros de guerra?.
- ¿Eramos traidores a la Patria?.
- ¿Qué delito se nos imputaba?.
- ¿Qué legislación nos era aplicable: la civil, la militar?
No lo sabía y actuaban conforme a su propia desorientación: con rabia, con odio a nosotros, pero, principalmente, con odio a si mismos.
Los presos lo sabíamos: Estabamos allí por ser demócratas, por ser Socialistas, por ser Constitucionalistas, por amar a la Libertad, la Justicia Social y la Democracia Integral...

Violaciones al derecho a vivir en Chile: septiembre de 1973




Entre las garantías individuales de los chilenos, la Constitución de 1925 estableció en su Artículo 10, número 15, el derecho irrestricto a salir y a entrar libremente al territorio nacional. Pese a ello y contraviniendo la Constitución, el golpe militar de septiembre de 1973 cambió inexorablemente la vida del país.
Las expresiones en el exilio de Clodomiro Almeyda, Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno de la Unidad Popular, sitúan ese momento histórico: "...la resistencia al régimen asumió formas contrarrevolucionarias porque las realizaciones del gobierno del Presidente Salvador Allende, a diferencia de otros ensayos populistas, amenazaban comprometer las bases mismas del edificio de la sociedad capitalista...", y añade: "...se aproximaba así un enfrentamiento decisivo, para cuyo efecto las fuerzas conservadoras debían jugarse el todo por el todo. Fue así como las clases propietarias chilenas heridas en sus intereses, junto a sus aliados en el extranjero, también afectados por la política popular y progresista del Presidente Allende, no vacilaron en declarar la guerra total al gobierno de la Unidad Popular, sin parar mientes en sus consecuencias..." (Almeyda, Clodomiro.1986. "Pensando a Chile", Editorial Terranova, Santiago, 225 pág. Págs. 19-20)
Las consecuencias a las que hace alusión Almeyda cambiaron la vida del país, al implantar el régimen militar una política que violó sistemáticamente los derechos fundamentales e introducir un nuevo modelo de sociedad que dio un vuelco a las estructuras políticas, económicas y sociales de la nación. Determinaron también que un número aún no precisado de personas fueran obligadas o se vieran forzadas a dejar el país, dando lugar así al segundo exilio masivo chileno.
Los que conformaron el exilio
En un contexto violatorio de los derechos de las personas, miles se asilaron o huyeron para preservar sus vidas y libertad. Otras fueron expulsadas. Un apreciable número conmutó las penas de presidio a las que fueron condenadas, por el extrañamiento, prohibiéndoseles regresar al país al término de la condena. Se sumaron también personas exoneradas de distintas actividades y otras que por temor o no soportar el clima de represión imperante dejaron el país haciendo uso de sus pasaportes o cédulas de identidad. Más tarde muchos de ellos aparecieron en listas de prohibición de ingreso al país. Otros se encontraron con que al renovar este documento en un Consulado, se les extendía con la limitación de que no era válido para ingresar a Chile: llevaba estampado una letra L.
Algunos de los asilados permanecieron meses en las embajadas que los acogieron, en espera de su salvoconducto. También se asilaron o partieron al exilio muchos de sus familiares, acogiéndose al Plan de Reunificación Familiar del Alto Comisionado de las Naciones Unidas, ACNUR.
Foto: Separata revista Hoy/ por Alfonso Alcalde. Santiago, 1/1984
Exilio mediante decretos ley y decretos exentos
Para expulsar del país y mantener a los afectados fuera de él, el régimen se amparó en las atribuciones emanadas de los diversos estados de excepción jurídica vigentes durante su gestión. Con ese propósito dictó un conjunto de decretos y decretos exentos que facultaron al Ejecutivo para ese proceder arbitrario.
A menos de dos meses de haber llegado al poder, el 6 de noviembre de 1973 la Junta Militar publicó en el Diario Oficial el Decreto Ley 81, que somete a la discrecionalidad de la autoridad administrativa el derecho a vivir en Chile. El Artículo 2 de este Decreto Ley faculta al Presidente de la República para disponer la expulsión o abandono del país de personas, extranjeras o nacionales. En tanto el Artículo 3 del mismo Decreto dispone "...los que hubieren abandonado (el país) sin sujetarse a las normas establecidas, hubieren sido expulsados u obligados a abandonar el país o estuvieren cumpliendo penas de extrañamiento, no podrán reingresar sin autorización del Ministro del Interior, la que deberá solicitarse a través del Consulado respectivo. El Ministerio del Interior podrá denegar, fundadamente, por razones de seguridad del Estado, la autorización solicitada".
A partir de 1974 fueron expulsados por decreto algunos de los prisioneros de los campos de concentración abiertos por el régimen en Puchuncaví, Chacabuco, Tres Alamos y Ritoque.
Complementario al Decreto Ley 81 fue el Decreto Ley 604 del 10 de agosto de 1974, que expresa: "Se prohíbe el ingreso al territorio nacional de las personas nacionales o extranjeras, que... a juicio del Gobierno constituyan un peligro para el Estado...Tratándose de chilenos, el Ministerio del Interior dictará un Decreto Supremo prohibiendo su ingreso al país y la autoridad administrativa correspondiente ordenará la cancelación del pasaporte, en su caso".
Tanto el Decreto Ley 81 como el Decreto Ley 604 fueron dictados durante la vigencia de la Constitución de 1925, de tal modo que constituían una violación a la Carta Fundamental. De allí que cuando se aplicaron esos decretos leyes para hacer efectiva la expulsión del ex Senador Renán Fuentealba y éste presentara un recurso de amparo en base a la inconstitucionalidad de tales decretos leyes, el régimen promulgó el Decreto Ley 788, publicado en el Diario Oficial el 4 de diciembre de 1974, que dispuso que todos los decretos leyes dictados hasta esa fecha, "en cuanto sean contrarios o se opongan, o sean distintos a algún precepto de la Constitución Política del Estado", deben entenderse que "han tenido y tienen la calidad de normas modificatorias, ya sea de carácter expreso o tácito, parcial o total, del correspondiente precepto de dicha Constitución".
Transcurrido más de un año y medio del derrocamiento del gobierno de Salvador Allende, en abril de 1975 el régimen dictó el Decreto Supremo 504 del Ministerio de Justicia por el que permitió a las personas condenadas a presidio por Tribunales Militares a solicitar la conmutación de esas penas por el extrañamiento. Sin embargo, ya cumplido en el extranjero el tiempo de sus condenas, no se les permitió ingresar al país. A todas ellas se les otorgó un pasaporte válido sólo para salir del territorio nacional, con lo que pasaron a engrosar el ya numeroso exilio chileno.
También en 1975, y como consecuencia de la política económica implantada, se acentuó el flujo de personas que salieron del país en busca de mejores condiciones de vida. En tanto, en 1976 se produjo la primera expulsión individual de representantes de partidos y líderes sindicales opositores no marxistas. Paralelamente a lo anterior y desde el mismo 11 de septiembre de 1973, se negó el ingreso al país a diversas personas sin señalar la causa de tal medida.
Los decretos exentos estaban sustentados en los amplios términos del Decreto Ley 604. Llevaban las solas firmas del Presidente de la República y del Ministro del Interior y estaban exentos de control de la Contraloría General de la República y de la obligatoriedad de su registro y publicación, por lo que los afectados no sabían de ellos.
La Constitución de 1980
Junto a las disposiciones arriba anotadas, el Artículo 41 de la Constitución de 1980 -vigente desde el 11 de marzo de 1981- regula los estados de excepción y faculta al Presidente de la República para expulsar del país y prohibir el ingreso a él. En su N° 7 expresa: "Las medidas que se adopten durante los estados de excepción, que no tengan una duración determinada, no podrán prolongarse más allá de la vigencia de dichos estados y sólo se aplicarán en cuanto sean realmente necesarias, sin perjuicio de lo dispuesto en el N° 3 de este Artículo. No obstante, las medidas de expulsión del territorio de la República y de prohibición de ingreso al país que se autorizan en los números precedentes, mantendrán su vigencia pese a la cesación del estado de excepción que les dio origen en tanto la autoridad que las decretó no las deje expresamente sin efecto...".
Con igual objetivo, la Disposición Transitoria 24 de la Constitución de 1980, dispone en su letra c): "Prohibir el ingreso al territorio nacional o expulsar de él a los que propaguen doctrinas a que alude el Artículo 8° de la Constitución, a los que estén sindicados o tengan reputación de ser activistas de tales doctrinas y a los que realicen actos contrarios a los intereses de Chile o constituyan un peligro para la paz interior". El párrafo final de esta Disposición expresa: "Las facultades contempladas en esta disposición las ejercerá el Presidente de la República, mediante decreto supremo firmado por el Ministro del Interior, bajo la fórmula ‘Por orden del Presidente de la República’. Las medidas que se adopten en virtud de esta Disposición no serán susceptibles de recurso alguno, salvo el de reconsideración ante la autoridad que las dispuso".
También el año 1980 el régimen dictó la Ley 18.015, que penaliza a quienes infringen un decreto exento de prohibición de ingreso firmado por el Ministerio del Interior en virtud de la Disposición Transitoria 24 de la Constitución de 1980.
La Comisión Ministerial de 1982
La persistente violación al derecho a vivir en la patria fue condenada año tras año tanto por las Naciones Unidas, gobiernos y organizaciones extranjeras como por parte de la opinión pública nacional, lo que llevó al régimen a enfrentar la situación del exilio. Fue en ese marco que en octubre de 1982 se creó una Comisión Ministerial, la que, luego de entregar el informe de rigor, fue disuelta por haber cumplido el mandato para la que había sido creada. Sin embargo, ese Informe no fue publicado y el único resultado conocido fue el levantamiento de la prohibición de ingreso para solamente 125 personas.
También en ese arbitrario marco y hasta el año 1982 el Ministerio del Interior dictó varios decretos exentos mediante los cuales autorizó a un número indeterminado de chilenos a vivir en su país. A esa fecha aún se desconocía el número de impedidos de volver a Chile.
Listas que autorizan o prohiben vivir en Chile
El año 1982 abrió un período que dura hasta 1988, durante el cual el régimen, con absoluta arbitrariedad, publicó listas con prohibiciones y autorizaciones de ingreso, manipulando las expectativas de los desterrados. Rafael Agustín Gumucio, ex Senador de la República, exiliado en Francia, en conversación con la Revista Araucaria, afirmó "...no me agrada que se destaque en los esfuerzos por mi regreso, mi salud. No quiero ser acreedor a ninguna merced especial. Deseo volver con absoluta dignidad. Tengo derecho a ello y quiero hacer valer ese derecho. A pesar de todo creo que el tiempo futuro será mejor".
i) Durante 1982 y hasta octubre 1983, el Ministerio del Interior publicó once listas con los nombres de 3.542 personas autorizadas para vivir en Chile.
En 1983 -año de las protestas- se perfilaban cambios en la situación política del país. Como consecuencia de ello y ligado al recrudecimiento de la represión, se produjo un nuevo exilio- esta vez mayoritariamente de jóvenes pobladores y estudiantes- que se concentró en Perú, Brasil, Argentina y algunos países europeos.
ii) La primera lista oficial de prohibiciones de ingreso –que llegaron a nueve- fue publicada en la prensa nacional en septiembre de 1984. Estuvo precedida de un Instructivo de la Dirección General de la Policía de Investigaciones y consignó los nombres de 4.942 chilenos. Este documento fue enviado a las líneas aéreas nacionales y extranjeras que operaban hacia Chile, con la advertencia que no podían vender pasajes o transportar hacia el país a las personas mencionados en él, y que de hacerlo, las personas anotadas no podrían desembarcar, debiendo continuar viaje en el mismo avión.
Este proceder continuó hasta que dos años después, en septiembre de 1986, la novena y última lista de prohibidos de ingresar al territorio anotó los nombres de 3.703 chilenos.
La no oficialización de las listas por medio de su publicación en el Diario Oficial, permitió al régimen cambiar su contenido repetidas veces. Así, personas incluidas en una lista fueron borradas en otras, para reaparecer en alguna de las siguientes. Se agregaron nuevos nombres y se repitieron otros. Se incluyeron personas fallecidas con fecha anterior a la publicación de la lista del caso o se incluyeron nombres de detenidos desaparecidos. Aparecieron en ellas personas que no habían dejado el país. Se incluyó a menores de edad, entre muchos otros errores.
iii) Posteriormente y a partir de octubre de 1986 y hasta mayo de 1988, se dio a conocer 21 listas autorizando el ingreso al país a 3.137 chilenos.
Boletín Comité Pro Retorno de Exiliados. 2/1987
Ejerciendo el derecho a vivir en el país
En este contexto, en el curso de esos años algunos exiliados ejercieron su derecho a vivir en la patria. Algunos encontraron la muerte al ingresar a tierra chilena sin contar con la autorización del régimen: simplemente desaparecieron o murieron en los llamados falsos enfrentamientos.
Otros se presentaron ante las autoridades pertinentes. Fue así como en 1987 ocho desterrados ingresaron al territorio nacional por diversos pasos cordilleranos para luego realizar la gestión de rigor. De ellos tres fueron relegados, uno fue expulsado y los otros cuatro fueron requeridos por el Ministerio del Interior, logrando posteriormente hacer válido este derecho conculcado.
Término del Exilio
El 1 de septiembre de 1988, la dictadura determinó poner fin al exilio mediante Decreto 203 del Ministerio del Interior que expresa: "...Déjense sin efecto todos los decretos y decretos supremos exentos que, dictados en virtud de las atribuciones conferidas por el Artículo 41 N° 4 de la Constitución Política de la República disponen la prohibición de ingreso al territorio nacional de las personas que en ellos se mencionan...".
Se cerró así un período de quince años de la vida de Chile, pero no de la de muchos que debieron enfrentar el desafío de retornar a un país del que nunca debieron salir, o afincarse definitivamente en lugares que los acogieron con solidaridad.
En el transcurso de ese tiempo muchos forjaron nuevos espacios para su desarrollo: aprendieron distintos idiomas, conocieron, asimilaron y aportaron a otras culturas, adquirieron o revalidaron títulos, trabajaron en lo propio o aprendieron nuevos oficios o disciplinas.
Sin embargo, otros sucumbieron ante el dolor de verse expulsados de lo que les pertenecía: depresión, angustias, enfermedades y suicidios recorrieron esos años el mundo del exilio.
Diario La Segunda .Santiago, 1/9/1988

ELLA QUE PASA


Paso que pasarostro que pasabas qué más quiereste miro después me olvidaré después y sólo solo y después seguro que me olvido.Paso que pasas rostro que pasabas qué más quiereste quierote quiero sólo doso tres minutos para quererte másno tengo tiempo.Paso que pasasrostro que pasabasque más quiere say no ay no me tientes que si nos tenta mosno nos podremos olvidar a diós.

che guevara








un homenaje al grande los guerrilleros gracias por tu le alta
para mis amigos de yo un luchador del dia dia