miércoles, 26 de septiembre de 2007

Pena de muerte: los métodos


INYECCIÓN LETAL

El condenado es atado a una camilla.
Se le inyectan varias drogas por vía intravenosa: el tiopentanto sódico, que provoca la inconsciencia, un relajante muscular que paraliza el diafragma deteniendo la respiración, y cloruro de potasio, que detiene el corazón.
Se ha utilizado en Estados Unidos, China, Guatemala, Filipinas y Tailandia.
ELECTROCUCIÓN

El condenado es atado a la silla, y se le colocan electrodos de cobre húmedos en la cabeza y en las piernas.
La piel cambia de color y la persona puede llegar a hincharse, orinar o vomitar sangre, hasta morir por paro cardíaco.
Este método se aplica en algunos lugares en Estados Unidos.
GAS

El prisionero es amarrado a una silla en una cámara hermética.
Se comienza a liberar gas cianuro.
La ejecución puede tardar más si el condenado aguanta la respiración. Un médico monitorea sus signos vitales.
Se ha aplicado en Filipinas y en Estados Unidos.
AHORCAMIENTO

El condenado es pesado antes de la ejecución; ese factor determina la forma exacta de la ejecución, para asegurar que la muerte sea rápida.
La muerte se produce por la dislocación de una vértebra cervical. Si no, también muere por estrangulamiento o constricción de la tráquea.
Se ha utilizado en Egipto, Irán, Japón, Jordania, Pakistán y Singapur.
FUSILAMIENTO

Un pelotón de varios hombres se coloca frente al preso y dispara.
Los condenados mueren por lesiones a órganos vitales, en el sistema nervioso, o hemorragias.
Se ha utilizado en Bielorrusia, China, Somalia, Taiwán, Uzbekistán y Vietnam.

lunes, 24 de septiembre de 2007

El coa, lenguaje del delito

Dequirusa, loco. Que viene la zapatilla entera cargada de tombos”. Es posible que usted poco o nada entienda, pero para un delincuente está clarito lo que quiere decir: “Cuidado compañero. Viene el furgón de carabineros cargado de pacos”.
Tal vez a usted le sean más familiares palabras como “condorearse” (cometer un error); “no estar ni ahí” (ser indiferente); “mina” (mujer de atributos agradables); o “flaite” (delincuente de poca monta o persona ordinaria).
El común denominador de estas palabras es que todas pertenecen al coa, el lenguaje del delito, el santo y seña de los delincuentes. Se trata de una jerga, una extensión de la lengua madre que vive en ella como un parásito y que es creada por grupos o agrupaciones de personas que tienen hábitos y propósitos comunes. En forma natural estas agrupaciones tienden a crear un argot o jerga que los distinga y que vincule a sus miembros, protegiéndolos del resto de la sociedad. Por lo tanto, la jerga es un lenguaje técnico-profesional, usado por los miembros de un grupo ya sean médicos, abogados, militares o como en el caso del coa, delincuentes.
Esta jerga es tan antigua como la delincuencia misma. El origen de la palabra coa está en el término gitano español coba, cuyo significado es embuste o adulación y tendría su origen en el caló, jerga que los gitanos utilizaban en España. Pero otros dicen que viene de una jerga delictual española del siglo XV, y sería una deformación de “boca”. Como sea, la palabra coba llegó a ser coa, cuya definición contemporánea podría ser “el lenguaje que intenta ser creíble”.
Debido a las características de su origen, el coa se basa en las imágenes, sentimientos y vivencias de una mente criminal, ya sea que se encuentre gozando de libertad, purgando condena en una cárcel o en una esquina urdiendo su siguiente golpe. El coa encuentra su inspiración en el dinero, el robar, matar o pelear; en la vida en prisión y las armas; en funciones como comer, beber y drogarse. Sorprende también la cantidad de expresiones o palabras del coa que hacen alusión al sexo y los órganos genitales femeninos. Esto se explica por la abstinencia sexual prolongada a que están sometidos quienes cumplen presidio.

HACERLA CORTA O AL VESRE

Lo anterior sucede en todas las jergas delictivas: el caliche en México, la giria en Brasil, la replana en Perú, el lunfardo en Argentina, el argot en Francia y el slang en Estados Unidos, por nombrar algunos. Según el profesor de gramática y lingüística española de la Universidad de Chile, miembro de la Real Academia Española (RAE) y de la Academia Chilena de la Lengua, Ambrosio Rabanales, todas las jergas se llaman criminolalias. “En Hispanoamérica la mayoría de las criminolalias tienen su origen en España, al igual que nuestra lengua, pero enriquecidas o aumentadas por otras influencias”.
El profesor Rabanales explica que toda manera de hablar depende de las personas, considerando sus aspectos culturales, psíquicos y hasta físicos. Por lo tanto, toda lengua traduce una manera de ser y de sentir. “Obviamente si uno quiere conocer a los delincuentes, una manera es estudiando su jerga. Por eso los policías, gendarmes y hasta sicólogos deben manejar el coa”. Para Rabanales, en tanto lingüista, el coa no es ni bueno ni malo, sino una jerga que cumple sus objetivos para sus usuarios -los delincuentes-. Como tal es un objeto de estudio, “que en general presenta los mismos fenómenos que el habla culta, como que se acorten algunas palabras, otras se alargan o suavizan su significado, o lo cambian totalmente, o agregan más significados”.
De todas formas, Rabanales no considera al coa una jerga muy creativa, porque se alimenta básicamente de la lengua local. Tampoco considera que esta jerga enriquezca el lenguaje, “porque para casi todos los términos del coa, existe en español un equivalente culto”. Rabanales considera que puede haber un aporte en cuanto a que algunas palabras del coa son muy sintéticas: “Enriquecen, en el sentido que por ejemplo la palabra ‘cafiche’ es mucho más corta que decir explotador de mujeres. ‘Mina’ es más corta que decir mujer objeto de explotación”. Una técnica novedosa en esta jerga es lo que los delincuentes llaman “hablar al vesre”. El ejemplo más masificado es la frase “broca cochi” (cabro chico). “El vesrrismo consiste en invertir o modificar el orden de las sílabas con el objetivo de que no se entienda”, explica el profesor Ambrosio Rabanales.

TODOS HABLAMOS COA

Pero más allá de si el coa aporta o no al lenguaje, es un hecho que a menudo decimos palabras que jamás se encontrarían en el diccionario de la Real Academia, pero que entendemos perfectamente, como “luca” (billete de mil pesos); “copete” (cualquier tipo de bebida alcohólica) o “cuico” (persona de apariencia acomodada y modales afectados).
El profesor Rabanales sostiene algunas hipótesis sobre la masificación de estos términos. Por ejemplo, que en las poblaciones hay mucho contacto entre los jóvenes y los delincuentes. “Entonces, el coa recibe influencia de la jerga de los jóvenes, y la jerga de los jóvenes tiene influencia del coa. Así se van retroalimentando de palabras que se pueden hacer masivas”. Agrega que también hay muchos jóvenes drogadictos, y la drogadicción está íntimamente ligada con la delincuencia y su lenguaje.
Rabanales explica una curiosidad. El nombre científico de la marihuana, canabbis sativa, significa cáñamo sembrable, y es pariente de otro cáñamo más alucinógeno que es el canabbis indiga, o cáñamo de la India, conocido comúnmente como hachís. Y la palabra hachís dio origen a “ashachino”, luego derivó a “aschechino” y después, a “asesino”.
Otra fuente de divulgación son los medios de comunicación. Los periodistas, escritores, locutores y animadores de TV son modelos, en cuanto al habla, para las personas comunes y corrientes, argumenta Rabanales. “Sucede que si un señor en la televisión dice, por ejemplo, ‘mina’, luego todo el mundo empieza a repetir la palabra, porque para la gente de poca cultura si algo sale en la televisión, está bien y es importante”.
En todo caso, Rabanales en su calidad de miembro de la RAE y de la Academia Chilena de la Lengua, señala que para la Asociación de Academias de la Lengua Española la posición frente a las jergas como el coa, es muy práctica. “En la medida que una palabra del coa u otra jerga se use mucho, puede terminar incorporándose al diccionario de la Academia. Y la RAE, no señala si son palabras correctas o incorrectas, a lo más da un juicio de valor”. Y aunque el profesor no recuerde específicamente algún término, señala que “estoy seguro que existe más de alguna palabra que se originó en el coa y que finalmente fue aceptada en el diccionario de la RAE”.

HERENCIA DE LA DICTADURA

Para Ricardo Candia, asesor de la presidencia del Colegio de Profesores de Chile y autor de los diccionarios El coa, o el arte del chamullo y la movida (1998) y El coa y el lenguaje de la calle (2006), esta jerga está llena de riqueza y creatividad. Su primer diccionario es exclusivamente del coa y reúne alrededor de tres mil voces. En el segundo hay una mezcla del coa, la jerga juvenil y el lenguaje de la calle. Esto, según el autor, porque hace treinta años el coa era una jerga estricta y excluyentemente de los delincuentes. “Pero actualmente está invadiendo a otras jergas como la juvenil. Por lo tanto, se hace muy difícil diferenciar entre lo que es realmente coa y lo que no”.
Lo anterior, explica Candia, se debe a que el lenguaje está constantemente cambiando y en el caso del coa, en la medida que se va masificando va adquiriendo distintos sentidos. En muchos casos va suavizando sus significados, ya que no los está usando el dueño original -que son los delincuentes-, sino cualquier persona. “Ahora uno puede escuchar a cualquier funcionario decir públicamente: ‘En esta repartición nos piteamos un condoro’. Pero eso, antes que fuera masivo, era un término muy duro. ‘Condorearse’ en la cárcel era algo muy grave. Se corría peligro incluso de la propia vida”.
Ricardo Candia sabe lo que dice por propia experiencia. En 1986 estuvo preso durante tres meses, cuando era secretario de las Juventudes Comunistas de Temuco. Irónicamente cayó en las manos de la CNI “porque iba pasando”, como se dice en el coa. “Estábamos en estado de sitio, porque había ocurrido el atentado a Pinochet, y yo vine a Santiago arrancando de Temuco, porque habían caído unos compañeros”. Candia fue a un taller donde imprimían El Siglo y El Rodriguista. Golpearon la puerta, fueron encañonados y junto a otros compañeros fue detenido por la CNI por supuesta tenencia de explosivos. Entonces vino la tortura y la cárcel.
A pesar de todo, para Candia fue un presidio fecundo. Al llegar a la cárcel un grupo de presos políticos le enseñó lo que primero tenía que aprender: el coa. Luego se fue haciendo amigo de los presos comunes. La amistad se profundizó con un asaltante respetado y de mucha experiencia. “Era un choro ‘bakán’, de pistola en mano. Se juntaba con puros choros ‘parados’ y vivos, como él”. Este choro invitaba todas las tardes a Candia a compartir un tecito en su celda, junto a los demás choros. Entonces se fue adentrando en el coa. “Encontré interesante como hablaban. Así que preguntaba el significado de las palabras y mientras me explicaban, yo anotaba”. Hasta que llegó un momento en que Candia había reunido alrededor de cuatro mil términos que se transformaron en la base para su primer diccionario.
Ricardo Candia dice que como él, fueron miles los que pasaron por la cárcel en la dictadura y aprendieron esta jerga. “Durante los 17 años de dictadura alrededor de 300 mil personas que no eran delincuentes tuvieron que pasar por la cárcel: políticos, artistas, intelectuales, gente de todo tipo que al obtener la libertad disemina esta jerga”. Otro punto que destaca es lo que llama “el intelectual de la delincuencia”, aquel que crea nuevos términos y que cuando se masifican y ya no le sirven para ocultar sus acciones, crea un sinónimo. “Me sorprendió lo brillante que puede ser un delincuente. Son personas con una gran capacidad creativa para inventar su lenguaje”.
Candia señala que en la práctica el coa tiene tres funciones. La primera, es que permite a los delincuentes disfrazar sus comunicaciones, “porque en plena calle un delincuente no le puede decir a su compañero: ‘Robémosle a la señora que va ahí”. Tiene que decir: ‘Timbra a la juata’”, explica Candia. La segunda función es que entre los delincuentes el mejor uso del coa proporciona estatus. “Los más inteligentes, avezados y con experiencia, son los que dominan mejor el coa”. La tercera función es que el coa entrega identidad. Les permite reconocerse como delincuentes: “Si se encuentra un ladrón de Arica con otro de Punta Arenas, al usar el coa saben que se dedican a lo mismo”.
El problema para los delincuentes, explica Ricardo Candia, es que cuando un término del coa se hace masivo, deja de cumplir las funciones para las que fue creado. Por ese motivo el mundo del hampa está creando constantemente nuevas palabras. “El coa es un lenguaje muy fructífero, crea más palabras que la tecnología, la matemática o la filosofía”, destaca Candia. Agrega que tras cada palabra existe un sutil y sarcástico esfuerzo por crear una expresión diferente e indescifrable, que valga la pena las horas de encierro. “Estas palabras, mal vistas por muchos, son quizás lo más chileno que nos va quedando en estos tiempos confusos y globales”.

JIMMY ALEXIS QUINTANA
(Publicado enPunto Final Nº 613, 21 de abril, 2006)



RECUADRO
MANDARSE UN CONDORO

Como señala Ricardo Candia, el autor de dos diccionarios del coa, son muchos los términos de esta jerga delictual que han pasado a ser de “uso público”. Pero lo difícil de precisar es cómo se originaron y cuál era su significado original.
Lo más seguro es que ninguna mujer se sienta ofendida si la llaman “mina”, a pesar que originalmente designaba a una prostituta. Candia explica que esta palabra surge entre los delincuentes en la España del siglo XVI. Su significado se relacionaba con las minas de oro, cuyo símil para los maleantes era “una mujer prostituta explotada para que rindiera dinero al cafiche”.
Y aunque muchas personas atribuyan la célebre frase “no estar ni ahí” al ex tenista Marcelo “Chino” Ríos, están en un error. Originalmente tenía un sentido mucho más funcional, explica Candia: cuando un delincuente era llevado al tribunal y era interrogado por el juez, señalaba que era imposible que hubiese cometido el delito porque simplemente “no estaba ni ahí”, no podía haber sido él porque ni siquiera se encontraba en el lugar de los hechos. “Negar los delitos es una conducta típica de los delincuentes. Ellos saben que así sólo hay presunción de culpabilidad y por lo tanto, es más difícil que los condenen”, explica Candia.
Otra palabra que ha ido cambiando su significado original es “flaite”. Actualmente designa a un delincuente de poca monta, o a una persona atorrante u ordinaria. Pero en su origen, en el lunfardo argentino, denominaba a un delincuente de alto nivel. Lo anterior porque en aquella época para viajar a Europa había dos medios, en barco, que demoraba varios días o en avión, más rápido y cómodo y por ende más caro. Explica Candia: “Los delincuentes de más dinero y poder podían volar, o en inglés to fly, que quedó en flaite”.
Hay una palabra del coa de la cual Ricardo Candia asegura haber sido testigo de su creación: “condoro”. Su significado para cualquier chileno es cometer un error. Candia recuerda que cuando estaba en la cárcel una de las pocas revistas que ingresaban al penal era Condorito. “Entonces el reo tomaba la revista, se la ponía bajo el brazo y mientras se dirigía al baño decía: ‘Voy a ir a pitearme este Condorito‘. En otras palabras, mientras defecaba, se ‘pitearía’ o leería la revista. Entonces, quedó como sinónimo de Condorito el acto de cagar, y cagarla siempre ha significado echar a perder algo o cometer un error”.
Candia destaca que el reo al que se le ocurrió esa asociación es “un intelectual de la delincuencia”, y agrega que como el coa siempre busca sintetizar el lenguaje, al poco tiempo ya no era “pitearse un Condorito” sino simplemente “condoro” o “condorearse”. “Pasó a ser un verbo y yo creo que como se ha vuelto masivo, en pocos años más va estar en el diccionario de la Real Academia Española”

UNA HISTORIA DE FANTASMAS

La primera vez que contemplé un fantasma, tenía yo apenas 10 años, y como le vi a plena luz de la tarde de un día de verano, tuve incluso dudas de que lo fuera, pero al comentárselo a mis abuelos, los porteros de la quinta de recreo de los duques de N. (lugar encantador por cierto, construido en tiempos de Carlos III), ellos se quedaron pensativos y, mirando de soslayo, como si temieran ser espiados, me dijeron que se suponía que en la mansión y por los jardines vagaban fantasmas, que ellos nunca habían visto, pero que corría el rumor, y que si los volvía a ver me santiguase y rezara tres padrenuestros por el eterno descanso de sus almas en pena.
Mi abuela me cogió aparte y me dijo que aquellos pobres espectros debían haber muerto en pecado mortal, porque de lo contrario no vagarían eternamente, y añadió:
-Es como la Santa Compaña, hijita, pues dicen que los han visto desfilar por salas y corredores de la quinta, estrafalarios y gesticulantes, burlones y espantosos, como perdidos, dando vueltas sin saber hallar nunca el camino de salida. ¡Quién sabe cuando encontrarán la paz del Señor!
Pero yo era una niña y los niños son inconscientes, atrevidos, y se hallan dotados de una gran imaginación en la que cabe todo lo irreal y muy poca sensatez; de esta forma, para mí se convirtió en un juego maravilloso ir a la caza del fantasma por los vericuetos del versallesco parque que rodeaba la mansión de los duques de N., demasiado ricos y demasiado despreocupados de sus posesiones como para veranear cada año en aquel bello rincón del que se encargaban mis abuelos, con el refuerzo de asalariados contratados de vez en cuando en el pueblo cercano. Yo era la única niña de todos sus nietos y ellos gustaban de que los acompañase durante los estíos, “para hacer salud”, como decían a mis padres que, encantados, él lacayo del duque y ella costurera de la duquesa, se desprendían de mí, puesto que yo entonces era una criatura de frágil salud que más que satisfacciones les ocasionaba preocupación, como supe muchos años después, ya que todos temían que no pudiera pasar de la edad del desarrollo. Así que feliz y mimada transcurrían los hermosos días del verano en mi infancia. Y fue en uno de esos días espléndidos cuando tuvo lugar el encuentro con el fantasma.
Yo corría persiguiendo a uno de los perros de la finca, que acabó por esconderse de tal manera que ya no pude dar con él cuando, doblando un seto, casi tropezamos el fantasma y yo, dado que veníamos en direcciones opuestas.
Al verlo me detuve sorprendida y otro tanto hizo él, y tal quedamos mirándonos de hito en hito, sin saber yo que decir ni qué hacer. Era alto, joven, apuesto y vestía elegantemente, aunque con ropas pasadas de moda que me dieron la impresión de un disfraz. Semejaba arrancado de la misma corte de Carlos III, noble caballero de brillante casaca, calzón corto, medias de fina seda y chapines con hebilla de plata; una impecable peluca, diríase recién estrenada, cubría su cabeza.
Debía contemplarle boquiabierta por el asombro, y él, a su vez, me observaba con una expresión muy rara, mezcla de desagrado e incredulidad, como si pensara que quién era yo o qué hacía allí importunándole, luego dio un paso hacia delante con gesto que se me antojó torvo y, asustada, giré sobre mis talones, huyendo. Mas la experiencia, en lugar de hacerme prudente, acicateó mi curiosidad y ni las recomendaciones de mis abuelos, ni mi propia huida inicial, me impidieron reincidir en la morbosa esperanza de volverme a encontrar con el espectro.
Dicen que en la infancia hay un ángel que nos protege; yo debía tener una legión porque durante aquel verano troté por senderos y avenidas en las cuales pude tropezarme, ocasionalmente, con algún que otro fantasma, todos pertenecientes a la misma época del primero, damas nobles, bellísimas, y cortesanos galantes que, o bien se encontraban con ellas, o bien paseaban a su lado, pero exceptuando a “mi” espectro, ninguno de ellos me descubrió. Yo los espiaba e incluso podía oír el rumor de sus conversaciones y debo reconocer que no estaba nada asustada ya que para mí aquella persecución era, creo haberlo dicho antes, un juego muy divertido, aunque hay que decir, a fuer de sincera, que los encuentros siempre tuvieron lugar en el parque y nunca en la mansión, que, por otra parte, se hallaba cerrada, exceptuando los días de limpieza, ya que mis abuelos, como porteros de la finca, vivían en una casita cercana a la verja de entrada.
De todas maneras, ese verano fue el último que pasé allí, y creo que en ello tuvo mucho que ver el que ingenuamente contase a mis abuelos parte de aquellas andanzas sobrenaturales. Llegaron a transcurrir algunos años antes de que volviese de nuevo a la quinta y para entonces, ya era una mujer, mis abuelos habían fallecido y la finca, abandonada a su suerte, dormía el despeinado sueño de las mansiones que aún poseyendo herederos, nadie reclama ni cuida. De tal suerte, un día, muchos veranos después, inducida por la nostalgia, me acerqué a visitar el escenario de mis antiguos correteos infantiles.
La puerta de entrada del parque se hallaba herrumbrosa y chirrió siniestramente... ¡Dios mío!, qué desolación de senderos, que pena de parque donde los setos se enmarañaban y las hojas muertas cubrían espesamente los antaño cuidados caminillos de grava fina; hasta la casita de mis abuelos acusaba el paso de los años, pues tiempo y anónimo vandalismo habían llevado a cabo su obra. Recordé, no sin cierta irónica amargura, cómo en la guerra de la Independencia, de ello hacía más de cinco lustros, los generales franceses habían ordenado respetar aquella finca por mandato expreso del emperador.
Pero los tiempos cambian y las gentes también y, con toda seguridad, el hermoso palacio tenía que haber sufrido sus estragos, visto lo que estaba viendo. Mas, cuál no sería mi asombro, que vislumbrando la fachada del edificio, pude comprobar como éste se hallaba intacto y parecía como si lo acabasen de remozar, e incluso la parte del jardín que allí daba ofrecía un inesperado y pulcro aspecto. Todo resultaba tan nuevo que no pude por menos que sorprenderme ya que no resultaba lógico; es más, hasta me atrevería a decir que era irreal.
-Debo de estar soñando -pensé-, porque lo que veo no puede ser cierto...
Aunque estábamos en verano, un súbito escalofrío recorrió mi cuerpo, y no había para menos, dado que en ese preciso momento, llegó hasta a mí un rumor que provenía de la parte trasera de la mansión, de la explanada oval dedicada a fiestas y saraos de los duques de N. Oír aquello y recordar a los fantasmas de mi infancia, fue todo uno y, como en sueños, apresuré el paso, sin ningún miedo, en la dirección requerida.
Acorté por entre los setos que tan bien conocía y, al doblar la esquina del edificio me detuve, estupefacta, pues allí, en escena de otro tiempo, tenía lugar un baile. Dieciochescas damas, con sus no menos cortesanas parejas, evolucionaban al aire libre bajo la dulzura de un sol crepuscular, mientras que un grupo de músicos ejecutaba bellas piezas. Era una amable algazara y me felicité por el valor del que estaba dando muestras, pero la verdad es que aquellos espíritus no me aterraban sino me producían una honda ternura; ¡felices ellos que durante toda la eternidad danzarían, ajenos al discurrir de los siglos!
Y así hubiera permanecido absorta contemplándolos de no mediar algo incomprensible que truncó inopinadamente la estampa, sumiéndome en un mar de confusiones, y que todavía hoy, ya anciana, continúan atormentándome sin que pueda hallarles respuesta. El baile se encontraba en su apogeo cuando una voz estentórea deshizo el encanto de la música con este singular grito:
-¡Corten!... Muy bien, ha salido perfecto... Se acabaron los exteriores, mañana mismo rodamos la última escena en los estudios.
Al conjuro de tal estridente voz, la aristocrática concurrencia empezó a perder compostura riéndose, saltando algunos, y, todos, sin excepción, empezaron a quitarse las pelucas entre grandes aspavientos de alivio, y, entonces para que la sorpresa fuera mayor, descubrí entre ellos al espectral caballero de mi infancia, y él también a mí, y de pronto se hizo un silencio extraño al que siguieron estas palabras pronunciadas por mi antiguo conocido mientras me señalaba con el dedo ante el terror del resto de los allí congregados que asimismo me estaban viendo ya:
-¿No os había dicho yo que por este lugar pululaban los fantasmas?

santa maria de iquique1907

Este hecho sucedió en 1907 mientras transcurría el periodo presidencial de Pedro Montt. Dejó miles de muertos en la escuela Santa María de Iquique.
Los obreros de las oficinas salitreras de la región norte de Tarapacá pararon todas sus actividades en las faenas, tras el deseo de conseguir mejoras en sus condiciones de vida y laborales, que eran deplorables. Entre sus peticiones estaba la eliminación del pago con fichas, jornales a tipo de cambio fijo, balanzas para los pesos y medidas para las pulperías, escuelas para los obreros, indemnización y desahucio, entre otras peticiones.
El 10 de diciembre de 1907 los huelguistas paralizan las actividades de la salitrera "San Lorenzo" y se ampliaba a otras de "Alto San Antonio" iniciando la "Huelga de los 18 peniques". Este nombre se debe a que los jornaleros pedían el pago de salarios a este tipo de cambio. La numerosa columna de huelguistas de Alto San Antonio llegaron a Iquique portando banderas de Chile, Perú, Bolivia y Argentina, alojándose en el hipódromo de este puerto.[1]
A este movimiento se sumaron otras oficinas salitreras, entrando en huelga también casi todo el comercio e industria del norte del país.
Más trabajadores en paro viajaron a la ciudad de Iquique, llegando el 16 de diciembre. Seis mil de los huelguistas acamparon en la escuela Santa María. A medida que avanzaba la huelga, más y más pamperos se unían a ella, llegándose a estimar que para el 21 de diciembre eran cerca de 10.000 (algunos incluso estiman 14.000). A los pocos días de haber llegado, este gran conglomerado de trabajadores estaba reunido en la plaza Manuel Montt y en el establecimiento de la Escuela Santa María, pidiendo al gobierno que actuara de mediador con los patrones de las firmas salitreras extranjeras (ingleses) para solucionar sus demandas. Lamentablemente los patrones se negaban a negociar debido a que los obreros aun no reanudaban sus actividades.
Luego llegan órdenes de Santiago para que los manifestantes abandonaran la ciudad y regresaran a las salitreras. Los manifestantes se rehusaron, pues intuían que si regresaban a sus labores, sus peticiones serían ignoradas. El 21 de diciembre, el general Roberto Silva Renard, máxima autoridad militar de Tarapacá, actuó sobre la escuela Santa María con soldados del regimiento O’Higgins y el apoyo de las ametralladoras del crucero Esmeralda.
Frente a la creciente tensión que había ya entre los grupos, el 20 de diciembre de 1907 los dirigentes efectuaron una reunión con el intendente Carlos Eastman Quiroga. Mientras la reunión se efectuaba en la oficina salitrera Buenaventura, un grupo de obreros con sus familias trataron de abandonar el lugar y fueron acribillados en la línea férrea. Como resultado de esta acción 6 obreros murieron y los demás terminaron heridos.
El 21 de diciembre de 1907 se efectuaron los funerales de los obreros, e inmediatamente despues de concluir las ceremonias se les ordenó a todos los trabajadores que abandonaran las dependencias de la escuela y sus alrededores y se trasladaran a las casuchas del Club Hípico (Hipódromo). Los obreros se negaron a ir, temiendo ser cañoneados por los barcos que apuntaban el camino que deberían recorrer hacia el Club Hípico.
Así pasaron varios días de negociaciones sin ningún resultado, ya que los dueños de las salitreras decían que solo negociarían cuando estos volvieran a sus labores. Por otro lado los trabajadores decían que si aceptaban este trato, sus peticiones serian ignoradas y sus condiciones de vida serian las mismas.
Tras la negativa, las autoridades declararon el Estado de Sitio y las libertades constitucionales fueron suspendidas gracias a un decreto del intendente que se hizo publicar en la prensa escrita.
El General Roberto Silva Renard junto al Coronel Ledesma tenían la misión de desalojar a los trabajadores en huelga. Se señaló a los dirigentes del comité de trabajadores que si no salían del edificio abrirían fuego contra ellos. Ante la negativa de éstos, el jefe militar ordenó a los soldados disparar. La multitud, desesperada y buscando escapar, se arrojó sobre la tropa y ésta repitió el fuego al que se le añadió el de las metralletas. Producto de esta acción murieron 195 personas y quedaron 390 heridos, según datos de Nicolás Palacios, testigo de la matanza. Otras fuentes contabilizan 3600 muertes.
Los sobrevivientes de la matanza posteriormente fueron llevados literalmente a sablazos hasta el local del Club Hípico, y desde allí a la pampa (zona desértica del norte de Chile, comprendida entre las regiones de Tarapacá y Antofagasta), donde se les impuso un régimen de terror.
El impacto social que produjo este acontecimiento obligó al gobierno de la época a dictar leyes sociales para comenzar a mejorar las condiciones laborales de los obreros.
El Gral. Silva Renard solo ejecutó la orden de desalojo, pero el que dio la orden de disparar fue el Ministro del Interior Rafael Segundo Sotomayor Gaete. De las víctimas fatales, cerca del 60% eran peruanos y bolivianos.
Las consecuencias de este hecho son claras. Las cifras de heridos y muertos no son menores, y de la forma en la que fueron muertos fue espantosa. Se puede sacar en limpio que desde ese momento se reformaría la forma de trabajo en las salitreras, ya que se promulgaron leyes que beneficiaron y mejoraron la calidad de vida de los obreros de las salitreras.
Esta huelga tiene trascendencia histórica porque marcó el fin de la niñez política de los trabajadores chilenos: habría que luchar organizada y sindicalizadamente para lograr sus objetivos. katherina

miércoles, 5 de septiembre de 2007

salvador allende


Salvador Allende nació un 26 de Junio de 1908 en Valparaíso. Cursó sus estudios primarios y secundarios en esta ciudad, culminando la Enseñanza Media en el Liceo Eduardo de la Barra de este puerto.
En 1926, a la edad de 18 años, ingresa a la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, donde se titula de médico cirujano.
En 1933, habiendo ya abrazado los ideales de justicia social y libertad que profesó toda su vida, participa en al fundación del Partido Socialista de Chile.
Durante el Gobierno del General Carlos Ibáñez, del cual es un tenaz opositor es relegado a Caldera. Desde allí vuelve a Valparaíso para presidir el Frente Popular, coalición con la cual ganaría su primer escaño en el Congreso Nacional como Diputado por Valparaíso y Aconcagua.
En 1939, luego del triunfo del Presidente Pedro Aguirre Cerda, éste le pide hacerse cargo del Ministerio de Salubridad, Previsión y Asistencia Social.
En 1940 contrae matrimonio con Hortensia Bussi, unión de la que nacen sus tres hijas, Laura, María Isabel y Beatriz.
En 1942 es nominado Secretario General del Partido Socialista, siendo elegido, en 1945, Senador por Valdivia, Llanquihue, Chiloé, Aysén y Magallanes, provincias del sur del país.
Desde 1949 a 1963 preside el Colegio Médico de Chile.
En 1952 enfrenta su primera postulación presidencial, en la que obtiene sólo un 5 % de los sufragios. Dicho fracaso no impide que al año siguiente renueve su escaño senatorial esta vez en representación de Tarapacá y Antofagasta en el norte del país.
En 1958 vuelve a disputar la primera magistratura de la Nación, siendo derrotado por el independiente de derecha, Jorge Alessandri Rodríguez. Menos de 35.000 votos separan a éste de Allende en una estrecha y dramática lucha en que un candidato populista, Antonio Zamorano, "el cura de Catapilco", apoyado por la derecha, consigue los votos suficientes para sepultar la opción de la izquierda. El triunfo esta vez estuvo muy cerca.
En 1961 obtiene un escaño senatorial por su natal Valparaíso, luego de una ardua campaña. En efecto, tras haber sido derrotado por segunda vez en una contienda presidencial, Salvador Allende se autoimpuso el desafío de ser electo en una zona tradicionalmente difícil para las fuerzas de izquierda, resultando victorioso.
Nuevamente compite por la Presidencia de la Nación en 1964. Esta vez el elegido es Eduardo Frei quien obtiene una abrumadora mayoría para su "revolución en libertad". Lo cierto es que la inminente victoria de Allende; asusta a la derecha quien termina votando por el democratacristiano, en lugar de su candidato, Julio Durán. Con cerca del 40 % de los sufragios Allende sigue sumando fuerzas.
En 1966 es elegido Presidente del Senado, al tiempo que en 1969, nuevamente renueva su mandato parlamentario como Senador por Chiloé, Aysén y Magallanes.
El 4 de Septiembre de 1970, Salvador Allende obtiene la primera mayoría relativa (36 %) en las elecciones presidenciales, apoyado por la Unidad Popular. Atrás quedaron tres intentos frustrados, iniciándose un tortuoso camino destinado a obtener que el Congreso Nacional ratifique el triunfo en las urnas, toda vez que no se ha obtenido la mayoría absoluta, por lo que los parlamentarios deben optar entre las dos primeras mayorías relativas.
Luego de un acuerdo con la Democracia Cristiana, Salvador Allende es elegido Presidente de la República y asume, en medio de la expectación nacional e internacional, el 4 de Noviembre de 1970, iniciándose la denominada "vía chilena al socialismo", bautizada más graficamente como "la revolución de empanada y vino tinto", atendido el particular carácter del triunfo de la izquierda chilena, obtenido limpiamente en las urnas, merced al masivo apoyo ciudadano al proceso de reformas que propuso al país.
Durante el gobierno popular, dicho respaldo se incrementa, contra toda la campaña desestabilizadora impulsada por la derecha y la Democracia Cristiana. La Unidad Popular obtiene la mayoría absoluta de los sufragios en la elección municipal de 1971 y más del 43 % de los sufragios en las parlamentarias de 1973, superando ampliamente su votación de 1970. La coalición de centroderecha fracasa en su intento de provocar la acusación constitucional contra Allende, para lo que requiere dos tercios del Congreso y se desata una campaña destinada a asuzar a los militares contra el gobierno constitucional.
El clima de agitación provocado por los sectores reaccionarios con respaldo foráneo crean el clima para el Golpe de Estado que el 11 de Septiembre de 1973, pone fin al gobierno popular y desata una ola de persecución y muerte que tiñe de sangre las calles de Chile.
El Presidente Allende muere en el Palacio de La Moneda, dejando un legado inconmensurable para las futuras generaciones.
Su nombre y memoria crecen y se agigantan en el tiempo, siendo objeto de reconocimientos en el mundo entero. En Chile y en el orbe, calles, museos, escuelas, consultorios y publicaciones, llevan el nombre del insigne estadista que por más de medio siglo prestigiara la política chilena, entregando un ejemplo de consecuencia y convicción democrática y socialista.

eva peron




María Eva Duarte nace el 7 de mayo de 1919 en Los Toldos, Provincia de Buenos Aires.
A los 13 años se traslada con su familia a Junín.
En 1935 viaja a Buenos Aires para convertirse en actriz de radioteatro y cine.
En 1944 conoce al Coronel Juan Domingo Perón, con quien se casará en 1945.
A partir del momento en que Perón asume la Presidencia de la Nación en 1946, Eva Perón inicia de manera incansable el trabajo social.
Colabora con la CGT y, desde la Fundación de Ayuda Social María Eva Duarte de Perón -luego llamada, simplemente, Fundación Eva Perón- creada por ella en 1948, realiza una profusa obra: policlínicos, escuelas, hogares de tránsito y de ancianos, la ciudad infantil y la Ciudad Estudiantil, colonias de vacaciones y espacios de esparcimiento para el pueblo. Se ocupa personalmente de los problemas de los más necesitados. Establece una relación con la gente que no tenía ni tendrá- paralelos.
En 1947 viaja a Europa representando a Perón y es homenajeada en España, Italia, Ciudad del Vaticano, Francia, Portugal y Suiza. De regreso también es resida con honores en Brasil y Uruguay.
Participa activamente en la sanción del voto femenino a través de la Ley 13.010. Impulsa la participación de las mujeres en política y crea el Partido Peronista Femenino.
Propuesta el 22 de agosto de 1951 como candidata para las elecciones de noviembre, renuncia a serlo el 31 de agosto de ese mismo año.
Muere en Buenos Aires el 26 de julio de 1952. Su historia comenzó un 7 de mayo de 1919, en Los Toldos, cuando Juana Ibarguren dio a luz. La precedían cuatro hermanos: Elisa, Blanca, Juan y Herminda.

Su padre, Juan Duarte, había llegado allí a comienzos de siglo y arrendado el campo de La Unión con ánimo de prosperar. Sabida era la bondad de las tierras de la zona para la agricultura y la ganadería. Pertenecía a una influyente familia de Chivilcoy y allí tenía, de su unión con Adela D’Huart, varios hijos. Hombre próspero y de prestigio entre los conservadores del momento, patrón de estancia, típico puntero en las lides políticas del momento, fue nombrado suplente del juez de paz en 1908. Pero en 1919 ya no eran tiempos conservadores. Tras largos años de lucha de características revolucionarias primero y abstencionistas despúes, asegurado el proceso electoral por la Ley Saenz Peña tras años de fraude electoral, el radicalismo concurre a las urnas y se alza con el poder.

Desmontada por el Dr. Yrigoyen la maquinaria que impedía en las provincias la libre expresión, cae el bastión conservador de la provincia de Buenos Aires. El Intendente Malcom, amigo personal de Juan Duarte, es reemplazado por el radical José A. Vega Muñoz.

La estrella de Juan Duarte comenzó a decaer y las dificultades económicas a hacerse presente. El ofrecimiento de administrar campos en la localidad vecina de Quiroga hizo que se trasladaran allí, donde sólo permanecerían un año. Erminda cursó su primer grado en la escuela N 1. No eran aún tiempos de guardapolvo para Eva.

Como Quiroga no ofreciera las posibilidades esperadas, regresaron a Los Toldos. Mientras los hermanos mayores conocieron los tiempos de bonanza económica del padre, los menores supieron de tiempos de apremios. La situación se agravó con la muerte de Duarte, que falleciera el 8 de enero de 1926 como consecuencia de un accidente automovilístico en Chivilcoy.

El velatorio de Juan Duarte ha sido escenificado y tratado literariamente en un sinnúmero de oportunidades, haciendosé hincapié en el rechazo de que fuera objeto la familia de Eva en ocasión. Sobre el particular, sus hermanas Blanca y Erminda testimonian haber sido avisadas de la muerte de su padre por sus medios hermanos de Chivilcoy, huérfanos ya de madre, y niegan las versiones de escándolo y aprobio que se han difundido.

Apartir de entonces, el problema de la subsistencia, recordaría Erminda Duarte en su libro “Mi Hermana Evita”, “se convirtió en una lucha que día a día tomaba nuevas formas”. Doña Juana pasaba horas sentada a su máquina de coser, sin queja, sin hacer caso de las indicaciones médicas que le aconsejaban reposo para sus piernas lllagadas: “No tengo tiempo. Si descanso, ¿cómo trabajo, cómo vivimos?”. Elisa se empleó en el correo y Juan comenzó a trabajar en un almacén. Blanca cursará en Los Toldos primero y segundo grado.

El tiempo de ocio y juego transcurría trepando árboles, escudriñando la naturaleza, envuelta en disfraces caseros que la convertían en todo aquello que su imaginación le sugiriera, criando gusanos de seda: transcurria con pocos juguetes comprados.

Su hermna Erminda era su infatigable compañera de aventuras y su hermano Juan era, según la ocación lo requiera, constructor de barriletes, luthier de pianos de cartón, asistente en el montaje de un circo o arquitecto de casitas de madera, a medida para las niñas, en el fondo de la casa. Blanca y Elisa alimentaban la fantacia infantil con el relato de los cuentos a la hora de dormir.

Cuando llegó el año 30 Juana decidió partir con su “tribu”como gustaba llamar a su familia, buscando mejores posibilidades en la cercana posibilidades en la cercana ciudad de Junín, a donde Elisa había sido trasladada. Blanca comenzaría a trabajar poco despúes como maestra en el colegio del Sagrado Corazón y Juan se emplearía en la farmacia del pueblo.

Erminda comenzaba a cursar en el Colegio Nacional y Eva fue inscripta en la Escuela N 1, Catalina Larralt de Estrugamou, en 3 grado.

En Junín, a la hora del almuerzo, se sentaban a su mesa tres personas que por esos tiempos prefirieron su comida casera a otras posibilidades que ofrecia el pueblo, y que terminarían formando parte de la familia: el Mayor Alfredo Arrieta, jefe del distrito militar, don José Álvarez Rodriguez. El primero se casaría con su hija Elisa y el último con Blanca.

Los juegos teatrales de los años toldenses empezaron en Junín a tomar formas más reales. Eva comenzó a destacarse por su aficción a declamar poesías. En su autobiografía, “La Razón de mi vida”dirá que “siendo una chiquilla, siempre deseaba declamar. Era como si quisiese decir siempre algo a los demás, algo grande, que yo sentía en lo más hondo de mi corazón.

La Comisión del Centro de Cultura y de Arte del Colegio Nacional, a la que pertenecia Erminda, organizaba representaciones teatrales. Evita, a pesar de no ser alumna del colegio, se integró al grupo y tomó parte en una obra titulada Ärriba Estudiantes”. También en Junín escuchó por primera vez su voz saliendo de los autoparlantes instalados en la Casa de Música de Primo Arini. Una vez por semana, los jóvenes aficionados del pueblo tomaban el micrófono y exponían sus dotes artísticas: cantaban, decían monólogos, declamaban.

Aquello que Eva misma llamaría su “extraña y profunda vocación artística”crecia al amparo del cine del pueblo, de las audiciones radiales y de las colecciones de fotos de artistas.

A su amparo debió también de plantearse la primera elección: ¿Ser una chica pueblerina y “casadera”como tantas otras en Junín?, ¿ser maestra, como Blanca?, ¿Emplearse, como Elisa?

Corría 1935 cuando Eva tenía en claro la respuesta: Ser Actriz. A la vocación se sumaban las características de personalidad. Ella misma diría en “La Razón de mi Vida”: “Como los pájaros, siempre me gustó el aire libre del bosque. Ni siquiera he podido tolerar esa cierta escla-vitud que es la vida en la casa paterna, o la vida en el pueblo natal...Muy temprano en mi vida dejé mi hogar y mi pueblo, y desde entonces siempre he sido libre. He querido vivir por mi cuenta y he vivido por mi cuenta”.

La circunstancia de la partida de Eva de Junín ha dado letra a un sinnúmero de versiones. La que quedó instalada con mayor fureza involucra al cantante de tangos Agustín Magaldi, apodado el Gardel del interior.

Según sea el caso, se lo preesnta intercidiendo ante la madre, a pedido de Eva, para que le permitiera ir a vivir a Buenos Aires, o bien limitándose a facilitarle algunas cartas de recomendación que le abrieran las puertas del mundo artístico, o bien viajando él mismo con ella.

Desmintiendo tales hechos, su hermana Erminda recuerda la situación de conflicto familiar planteada ante la férrea decisión de Eva de partir a la Capital y la no menos férrea de doña Juana de disuadirla, a la vez que pondera la influencia que ejerciera José Alvarez Rodríguez al aconsejar a la madre no torcer la vocación de los hijos: “Tanto insistío el rector que mamá, a regañadientes, te llevó a Buenos Aires”. Volvió sola, furiosa con todo el mundo”, después de dejarla en casa de los Bustamante, amigos de la familia.

Quedaba definitivamente atrás a la niña de Los Toldos y de Junín. Junto a los pocos objetos personales acomodados en la valija y que con el tiempo serían desechados, Eva llevaba consigo el rumor permanente del de una máquina de coser New Home, los juguetes deseados y que no pudo tener, el impacto del descubrimiento de que en el mundo había pobres y había ricos, su sentimiento de indignación frente a la injusticia. De ninguno de ellos se deshará... La “acción para los demás” tuvo un nombre: Fundación Eva Perón. A ella dedicó sus máximos esfuerzos.

La obra social que Evita comenzaría en 1946 adquirió cada vez mayor extensión y envergadura. La llamada entonces Cruzada de Ayuda Social concretaba su tarea en barrios de viviendas económicas, inauguración de hogares de tránsito, de comedores escolares, donación de instrumental a hospitales, mediación para la concreción de obras fundamentales de salubridad y saneamiento en barriadas humildes, entrega de artículos de primera necesidad a familias necesitadas, distribución de juguetes a niños humildes, sobre todo para las fiestas de navidad y reyes, provisión de trabajo a desocupados.

Los fondos y las especies provenían de donaciones, fundamentalmente de los sindicatos. Asimismo, la Ayuda Social disponía de los fondos de la cuenta Ministerio de Hacienda – Obras de Ayuda Social, destinados a la adquisición de ropas, calzado, artículos alimenticios y otros similares, farmacia y droguería, excluidos los sueldos y jornales.

La particular posición de Evita en la estructura de poder (el poder desde afuera) permite el acceso al lugar de la toma de decisiones para el emprendimiento de las obras o la provisión laboral, permite el accionar desburocratizado.

Hacia fines de 1947 ya era evidente que esta acción social requería una estructura orgánica.

La Fundación Ayuda Social María Eva Duarte de Perón se constituye el 19 de junio de 1948 y obtiene su personería jurídica el 8 de julio del mismo año. A partir del 25 de septiembre de 1950 pasó a llamarse “Fundación Eva Perón”.

En el discurso que Evita pronunciara el 5 de diciembre de 1949 en el Primer Congreso Americano de Medicina del Trabajo explicó que la Fundación fue creada “para cubrir lagunas en la organización nacional porque en todo el país donde se realiza una obra siempre hay algunas que cubrir y para ello se debe estar pronto para realizar una ación rápida directa y eficaz”.

Subyacía en ella la idea de transformación del tradicional concepto de beneficiencia, y su redimencionamiento dentro del programa de justicia social del Peronismo.

Las mayores “lagunas”se producián en la asistencia a los ancianos, los niños y las mujeres.

El 28 de agosto de 1948 Evita da lectura en el Ministerio de Trabajo a la declaración de los Derechos de la Ancianidad, que pone en manos del Presidente, solicitando que sea incorporada a la legislación y a la práctica institucional de la Nación fue incluida en la Constitución Nacional de 1949.

En los hechos, la Fundación construyó Hogares de Ancianos, el primero de los cuales fue inaugurado el 17 de octubre de 1948, en Burzaco. Similares se levantaron en el interior del país. Asimismo, obtuvo la sanción de una ley que otorgaba pensiones a los mayores de 60 años sin amparo.

La educación, el esparcimiento y la salud de los niños y los jóvenes fueron objeto de su preocupación. La Fundación concretó un plan de mil escuelas en el país, como así también escuelas agrícolas, escuelas talleres, jardines de infantes y maternales. La ciudad infantil Amada Allen y la Ciudad Estudiantil, forman parte del plan de acción educacional, destinada la primera a niños de de dos a siete años, huérfanos o que no podian ser atendidos por sus padres, y la segunda a residencia de estudiantes del interior del país, sin familia en Buenos Aires.

En febrero de 1950 se pone en marcha el plan de turismo infantil, que hará conocer a los niños paisajes del país ignorados por ellos hasta entonces. Las colonias de vacaciones completarían el espectro.

Los campeonatos infantiles y juveniles, que comenzaron siendo de futbol y terminaron incluyendo muchos otros deportes, patrocinados por la fundación desde 1948, fueron la ocación para la revisación médica de más de 300.000 niños.

El hospital de Lactantes y de Epidemología infantil, la clínica de Recuperación Infantil de Terma de Reyas, son entre otras concreciones de la Fundación en el ámbito de la salud infantil. El hospital Nacional de Pediatría, cuya construcción se hallaba avanzada en 1955, permanecería por años incluso.

La obra de Evita dedicada a lo niños estuvo inspirada en la convicción de que “el país que olvida a sus niños renuncia a su porvenir”.

La problemática del alojamiento transitorio de las mujeres fue encarada mediante la construcción y mantenimiento de tres hogares de tránsito en Capital Federal, que hallaron su réplica en el interior.

El hogar de la empleada General San Martín apuntaba a resolver el problema de las mujeres sin hijos que sufrían el problema del alojamiento definitivo. El hogar contaba con un comedor, a donde Evita solía ir a cenar al concluir su jornada. En ese ámbito se reunía un grupo de intelectuales, la “Peña Eva Perón”, que amenizaban las veladas con la lectura de las composiciones que le dedicaban.

En materia de salud, la Fundación construyó cuatro políclinicos en Buenos Aires: el de Ezeiza y los de Avellaneda, Lanús y San Martín, así como también otros en el interior del país. Amén de ello, la Fundación proveyó de modernos equipamientos a otras unidades hospitalarias.

El Tren Sanitario Eva Perón, dotado de la más moderna aparatología, cumplía con la tarea de relevamiento y protección de la salud de las poblaciones más alejadas de los centros vitales.

En septiembre de 1950 se inaugura la Escuela de Enfermeras, una de las obras más queridas de Evita, prestando sus egresadas servicio tanto en el país como en el exterior.

En matería habitacional, la fundación emprendió la construcción de viviendas para obreros, como el barrio Presidente Perón y la ciudad de Evita, proporcionando vivienda propia a 25.000 familias.

Todas las obras de la fundación fueron seguidas y supervizadas en su ejecución y funcionamiento por Evita. Era frecuente verla en sus recorridas acompañada por personalidades extranjeras de paso por nuestro país.

A la accíon desplegada, la Fundación sumaba su solidaridad con los países extranjeros en situaciones de catástrofe o necesidad: Ecuador, España, Italia, Israel, Francia, Japón, Perú y Bolivia, entre otros, dan testimonio de ello.

Los orígenes de los fondos que manejó la Fundación para las obras han sido en Argentina objeto de polémica. Si la memoria de la misma de 1953 explicita la procedencia de los mismos (donaciones en efectivo provenientes mayoritariamente de los sindicatos, pero también de particulares y empresas, convenios colectivos de trabajo, impuestos, alquileres, adjudicación de recursos por vía del poder Legislativo, etc), no podemos omitir mencionar la circulación de versiones según las cuales los fondos provenían de donaciones forzosas, sindo la resistencia a ellas motivo de persecuciones. Se citaba, por ejemplo, el caso de la fábrica de caramelos “Mu – Mu”.

La historidora Marysa Navarro, en su biografía “Evita”apunta: “Pero si las contribuciones espontáneas hubieran existido en gran escala y de manera sistemática los pejudicados podrían haberlas denunciado después de septimbre de 1955. Si no deseaban hacerlas de ese modo seguramente podrían haberlo hecho durante ante la comisión encargada de investigar la administración de la Fundación y ésta habría aceptado las denuncias presumiblemente con agrado. Es de creer que no las hubo en cantidades apreciables pues de ser así el informe de la comisión las había enumerado y no lo hace. (22)

Al morir Evita, la Fundación continuó su labor, pero ya no tuvo la misma fuerza ni operatividad. Perón ocupó su lugar, pero dos circunstancias confluían: ni Perón era Evita, ni la situación económica del país era la misma que en su tiempo.

A medida que Evita crecía en popularidad y poder, crecían también las críticas desde la oposición y también entre algunos sectores peronistas. Atacaban por distintos ángulos: actividades impropias de una primera dama, pura expresión del resentimiento, peligrosa influencia sobre Perón, ansias desmedidas de poder.

En el fondo, y quizás no tan en el fondo, no era sólo lo que hacía, cómo lo hacía o por qué lo hacia una mujer. Como dice J.M. Taylor, “Eva nos enfrenta con el poder de que es depositaria una mujer en una sociedad tradicionalmente machista con la carga que presupone de desvalorización de las potencionalidades de una mujer respecto de un hombre”.(23)

Los años de apogeo de este poder rondarán el 50 y el 51. Son también los años que la enfrentarán a la enfermedad y a su última elección: ¿Ser vicepresidenta de la Nación? El 22 de agosto, en multitudinaria concentración en la avenida 9 de julio, se reitera la adhesión y el pedido de aceptación: es el Cabildo Abierto del Justicialismo.

Evita se dirige a la multitud, pero elude en su discurso la respuesta. Al reclamársela, se inicia un diálogo cuyo fervor e intesidad es dificil poner en palabras. Evita reclama tiempo para tomar la decisión.
_ “Al menos cuatro días”.
_ “!No! ¡ Ahora!”
_ “No renuncio a mi puesto, renuncio a los honores...”
_ “! Ahora!”
_ “Yo no quiero que mañana un trabajador de mi patria se quede sin argumentos cuando los resentidos, los mediocres, que no comprendieron ni me comprenden, creyendo que todo lo que hago es por intereses mezquinos...”
_ “ ¡Ahora!”
_ “Un día...”
_ “ ¡No!”
_ “Dos horas...”
_ “ ¡No!”

Evita dejó el micrófono. Las antorchas se encendieron para alumbrar a una muchedumbre dispuesta a pasar allí la noche en vela, esperando la respuesta. Eva tomó el micrófono.
_ “ ¡Compañeros!: Como dijo el General Perón yo haré lo que diga el pueblo”.

El acto había terminado... Creyendo que había aceptado...
El 31 de agosto, por la cadena nacional de radiodifusión, Evita anunciaba “Su decisión irrevocable y definitiva de renunciar al honor con que los trabajadores y el pueblo” quisieron honrarla.
La trama detrás de la historia, que subyace al renunciamiento, está aún por escribirse. Las Fuerzas Armadas, la enfermedad, la C.G.T, el pueblo, Evita...,los hilos que la entretejieron.
La fórmula Perón–Quijano ganó las elcciones del mes de noviembre. Eva había votado en su lecho de enferma del policlínico de avellaneda por primera y única vez.
Acompañó a Perón en los actos de asunción del nuevo período. Fue su última aparición en público.
En los miles de hombres y mujeres que a su muerte la velaron, estaba presente la obra que transitamos en estas páginas. Con solo 33 años, Evita había dado una razón a su vida y había dejado para otros, como ella misma dijera al inaugurar un policlínico y mirar la inscripción en el frontispicio, la tarea más fácil: bajar los letreros.

lunes, 3 de septiembre de 2007

YO ACUSO A PINOCHET

Testimonio de Rosa Gutiérrez Silva
Desde Argentina Remember-Chile ha recibido este testimonio, escrito por una mujer que sobrevivió a la tortura y la persecución. Era ella una estudiante de secundaria cuando se le detuvo y torturó en tres ocasiones en menos de un año. Aún hoy el Comandante en Jefe del Ejército de Chile, General Izurieta, justifica crímenes y asesinatos afirmando que en esos años Chile se encontraba en guerra. El presente testimonio lo desmiente: Rosa era una adolescente que ejercía su derecho democrático de tener ideas políticas, esperaba iniciar sus estudios de Medicina, no había cometido ningún delito y no estaba en guerra con nadie. Pero la dictadura estaba en guerra con ella y después de torturarla la empujó al destierro a los 17 años. En esta denuncia, escrita tras 25 años de silencio, Rosa se refiere a secuelas psicológicas que aún hoy la atormentan. Su testimonio se une al de miles que han hablado por ellos mismos o por sus familiares, pero aún quedan muchos otros que como Rosa han callado quizá por demasiado tiempo.
La que suscribe declara haber salido de Chile el 5 de septiembre de 1974 y no haber vuelto hasta 1986, pues el régimen militar me había prohibido el regreso al país. Presento hoy mi testimonio, fuera de Chile, ya que las condiciones políticas de ese país son inseguras. Lo hago porque deseo que no quede impune el atropello, el dolor y el desgarro que sufrí y que sé es el sufrimiento de muchos y de mi familia e hijas que se vieron privadas de disfrutar a sus tíos primos y abuelos, y esos sobrinos que yo ayudé a criar y con los cuáles tengo pocos años de diferencia y a los que según palabras textuales de ellos: "Pinochet les robó a su tía". Ellos preguntaban una y otra vez por ella hasta que una respuesta, después de muchos años, les desgarró el alma: "¡La tía Rosa no volverá más!"
Fui una militante de las Juventudes Comunistas de Chile, como adolescente y con los ideales de todo adolescente. Presidí el Centro de Estudiantes del Liceo[2] Nº 1 de Niñas de Valparaíso y apoyé activamente el gobierno de la Unidad Popular[3]. Cursaba cuarto año de Enseñanza Media y estaba apunto de dar la Prueba de Aptitud Académica (PAA)[4] para ingresar a la Universidad, cuando el 11 de Septiembre de 1973 me enteré del golpe con la incredulidad de una militante y con el dolor de un proceso de ideales rotos.
A los 24 días aproximadamente, al regresar del Liceo, encuentro que mi casa estaba siendo allanada. Uno de mis hermanos, que me esperaba a los pies del cerro, me dijo que no regresara porque habían preguntado por mí. Días después, estando yo en el Liceo, dos marinos me entraron a buscar a la sala de clases y me llevaron a una Escuela en la cual había varios dirigentes estudiantiles. Como una consigna no premeditada, nosotros no nos hablábamos.
Un Oficial de la Marina me interrogó acerca de cuántas células comunistas funcionaban en mi Liceo, como eso no se confiaba a nadie me negué y desconocí el hecho. Un par de cachetadas[5] fueron mi primer enfrentamiento con la realidad. Yo no sabía ante quienes me enfrentaba. Tenía 17 años. Me dejaron en libertad aconsejándome con rudeza que dejara mis estudios. Aquello lo conversé con el que después fue mi esposo y compañero durante 15 años. Creyendo que no era tan grave, pensando sólo que debíamos irnos a otra provincia, quedamos a la espera de los resultados de la PAA.
Dos meses después, una madrugada mi padre llamó a la puerta de mi dormitorio y me dijo: "Hija... la vienen a buscar..." Al despertar me di cuenta de que mi casa estaba siendo nuevamente allanada. Mi padre era peluquero y mi madre ama de casa, ambos lloraban y un primo hermano también. Quien comandaba la patrulla me ordenó: ¡Debe acompañarnos! Mis padres quisieron saber a dónde me iban a llevar, pero ellos no contestaron. Salí con lo que alcancé a tomar para medio vestirme: el camisón, un pantalón y un chaleco que mamá me alcanzó. Me subieron a un camión militar con infantes de marina armados a cada lado y subieron por el Cerro O'Higgins. Entraron por diferentes calles del cerro allanando las casas y abriendo las puertas a patadas. En total sacaron a unos quince compañeros y los subieron al vehículo, dejando gritos y violencia en cada lugar. En una casa se escuchó un disparo y allí no subieron a nadie. Íbamos encapuchados con nuestros pulóveres que más adelante fueron reemplazados por capuchas malolientes. Al llegar arriba del cerro, en un lugar llamado Miradero O'Higgins nos hicieron bajar y nos colocaron en fila tocándonos con los hombros. Yo era la única mujer del grupo. Alguien ordenó: ¡apunten! Y nos dispararon sobre nuestras cabezas, …yo me caí del miedo. A lo lejos se escuchaban ráfagas de ametralladoras.
Luego bajaron del cerro a toda velocidad. Nos llevaban acostados en el piso del camión, como éramos muchos. Cuando bajábamos por la calle Washington pude mirar hacia mi casa y ver a mis viejos llorando en la puerta, sentí terror que les dispararan. A la altura de la Avenida Argentina, al vehículo se asomó un señor alto con una voz especial, quien dice: "Estos son los enfermos de «Upitis»[7]. ¡Arriba, Arriba!" (Con el tiempo me di cuenta de que la orden que dio fue que nos llevaran a la Academia de Guerra Naval, que quedaba en Playa Ancha). Nosotros estábamos encapuchados y oíamos que nos alejábamos del Centro. Sólo transitaban vehículos militares ya que había toque de queda. En el recinto militar nos hicieron subir unas escaleras. Yo conté los peldaños, porque alguien me susurró que los contara. Fueron veinte escalones, un descanso y luego diez escalones. Así hasta el cuarto piso, en donde nos empujaron adentro de una habitación. Era un recinto de diez metros por veinte, con una pocas colchonetas en el piso.
Durante varios días esperé, mientras por la noche no dormía debido a los alaridos, gritos, golpes y gemidos y, más de una vez, disparos. Cuando entraba algún oficial, por lo general a eso de las seis de la tarde, nos encapuchaban y nos cuidaban unos marinos con un pañuelo en la cara y metralletas. Pero había un oficial que se paseaba entre nosotros a cara descubierta, era alto, tenía el rostro con rasgos caucásicos, pelo y ojos negros. Nos torturaba psicológicamente diciéndonos: "¿Quieren estar en sus casas?" Nadie contestaba y él decía: "Yo también. ¿Quieren comer pollo con papas[8] a la cacerola? Yo, lo mismo." Aquellas palabras dejaban mal, daban ganas de suplicar, pero nadie, por lo menos en el tiempo que estuve detenida allí, se quebró. Mis padres, mi compañero y mis hermanos recorrían los regimientos para saber mi paradero. Con un marino conocido me hacen llegar ropa y así confirmaron que yo estaba allí.
Durante mi permanencia allí reconocí a la esposa del Alcalde Barrientos de Viña del Mar y a unos dirigentes de la Universidad, quienes me dieron instrucciones: no hablar nada, que era peor, que no hablara de mi militancia sino del liceo y nada más. Me llevaron al primer interrogatorio, encapuchada hasta la cintura, me sentaron y me leyeron mi ficha. Después me preguntaron: "¿Militas en la Jota? (Juventudes Comunistas de Chile)" Yo lo negué y dije: "Sólo simpatizo con la Unidad Popular." No me creyeron y a continuación tuve un largo período de sesiones de tortura con electricidad a través de unos anillos que me ponían en los dedos de las manos, en las uñas y otros lugares. Siempre eran dos o tres los torturadores y cada cierto tiempo aparecía una voz que me decía: "Yo te quiero ayudar". Y yo lloraba. Más anillos eléctricos y bofetones. Me hicieron desnudarme. Yo no tenía fuerzas y como no me cubría, desnuda me tiraron al piso. Perdí el conocimiento varias veces. Luego sentí que me arrastraron hasta dejarme en el piso de la habitación común. Ahí la esposa del Alcalde Barrientos les gritó: "¡Qué le hicieron, no se dan cuenta que es una niña!"
A los pocos días me ordenaron preparar mis cosas para un "traslado". Yo me quedé helada, trataba de refrescar mi memoria con la imagen de mis viajes que no eran muchos. Sólo había ido a Santiago por asuntos del partido[9] y a hacer unos cuantos trabajos voluntarios en Quilpué. Yo nací y viví todo el tiempo en Valparaíso.
Los compañeros que había en ese lugar me hicieron repetir el número de mi documento de identidad y mi nombre completo, por si me pasaba algo. La señora de Barrientos me dio un papelito y me dijo que le avisara a su familia que se fuera del país, que ella está bien y dónde está. Ese papel me lo comí por miedo a que me lo encontraran. Nos registraban hasta la vagina. Me encapucharon y en un viaje en el que yo estaba aterrorizada, pues fue de noche, me trasladaron. Yo no sabía adónde porque después de unos momentos era imposible adivinar el rumbo que seguían. En el Regimiento de La Calera me bajaron y fui encerrada sola en un calabozo. Antes de entrar, un soldado me revisó de manera brutal, introduciéndome las manos en la vagina, por si llevaba armas. (Desde aquellas agresiones el pánico que me paraliza, aún perdura. Tras catorce años de psicoanálisis, todavía me paralizo ante una agresión y no soy capaz de huir ante un ataque). Mi terror aumentó cuando me di cuenta que no podía respirar y pedí que me subieran la capucha. Entonces observé, que los que estaban allí no eran marinos ni carabineros[10], sino hombres del Ejército.
Estuve en el calabozo hasta que me obligaron a ducharme. Me arreglaron un poco y me dijeron: "¡Ni una palabra de lo que has visto!" Después un soldado al que yo no conocía me trató con firmeza, pero casi paternalmente. Me dijo: "Soy el Teniente Coronel Becker Sepúlveda. Su familia habló con un tío de mi madre. Como verá, esto yo lo hago por mi tío y no por usted y como con esto yo me comprometo, para dejarla en libertad necesito que ponga su nombre, de su puño y letra, en esta libreta de unos comunistas. Su hermano la espera." Yo me acobardé y firmé. No tenía otra alternativa, y firmé. Pido perdón si a alguien perjudiqué. Este Teniente Coronel era sobrino de Manuel Contreras Sepúlveda y su impunidad estaba totalmente cubierta por lo que abusó del dolor de toda mi familia y además me utilizó para fines personales.
El 5 de diciembre de ese año 1973 me casé con la firme decisión de irme a otra provincia. Publicaron los resultados de la PAA. Yo quedé seleccionada en la carrera de Medicina en la Universidad de Concepción, y en todas las otras carreras en las que me había inscrito, pero ese intento se vio frustrado por una tercera detención que sin duda marcó mi situación para siempre. En febrero de 1974 me detuvieron por tercera vez. Yo estaba en casa de un hermano cuidando a cuatro de mis sobrinos, que eran diez. Según el relato posterior de mi padre, había llegado a la peluquería alguien disfrazado, que le dijo: "Señor Gutiérrez: tengo un mensaje de la Jota para su hija... Necesitamos saber donde está." Y mi papá le dijo donde yo estaba, ya que desde mi última detención no dormíamos en la casa de mis padres por el temor de ser detenida de nuevo. Cuando me fueron a buscar, yo le estaba dando el biberón al menor de mis sobrinos y con él en brazos salí a abrir. Eran de Investigaciones[11], me dijeron: "¡Queda usted detenida!" Yo sentí que el mundo se me derrumbada. Me introdujeron en un coche a plena luz del día, y sólo al llegar al centro de Valparaíso me encapucharon, colocándome en el piso el vehículo.
Al llegar al cuartel de Investigaciones, como en todas las veces anteriores, me fotografiaron de frente y de perfil. Durante las sesiones de tortura nos hacían rodar por el suelo y nos tiraban al cuerpo metralletas y armas, esto duraba. Todos los detenidos éramos estudiantes secundarios, nos golpearon a rabiar y realmente cuando te golpean, sólo deseas morir. En una oportunidad sentí que quedaba sola en la cabina de tortura y levanté la capucha y pude ver una máquina pequeña tipo sacapuntas[12] de oficina, conectada a la pared por un enchufe (luego supe que era la picana eléctrica ). Además había un cartel que decía: "No deben extralimitarse en el uso de maltratos ya que el que se interroga puede o no ser extremista, pero al salir será un extremista en potencia." Luego de unos días de torturas, careos, maltratos y vejámenes, con la amenaza de no ingresar a la universidad me soltaron en un ascensor de Playa Ancha, cerca de la Aduana. Bajé por el mismo ascensor y en la calle un feriante que vendía frutas me dio guindas y me dijo que era habitual que los dejaran ahí. Además me dio dinero para volver a casa. Yo tenía las manos hinchadas por los anillos de la picana y mi ropa la sentía sucia, al llegar casa sólo le expresé a mi compañero que me suicidaría si volvían a detenerme.
A fines del mes de agosto y estando yo en casa, con el objeto de entregarme unos libros llegó un hombre que me dijo: "Acá está funcionando una célula del MIR[14] en una peluquería y necesitamos que colabores." Me citó para una semana después con la amenaza de detenerme y no volver a contar el cuento. Yo ubiqué a mi compañero, ya que prefería cualquier cosa antes de ser colaboradora y ese mismo día salimos hacia Santiago donde sacamos pasaporte con un domicilio prestado a través del Comité para la Paz. Me entrevistó una Asistente Social quien me aconsejó que saliese del país, por la edad que tenía y lo peligroso de mi situación personal. El 2 de septiembre de 1974 firmé por última vez en una Comisaría en Valparaíso (lo hacía ya desde hacía mas de 6 meses y era como estar presa en la casa), no sabiendo que no volvería durante doce años a mi ciudad natal. El 5 de septiembre salimos de Chile en avión, junto a una decena de otras personas, que también habían sido detenidos, y las parejas de los mismos, con destino a Mendoza, Argentina, en donde tramitamos las visas a Canadá.
A través de este testimonio acuso al Gobierno del golpista Augusto Pinochet, por mis catorce años de exilio; a quienes dirigieron la Academia de Guerra Naval, por las torturas recibidas, y a quienes destruyeron a mi familia dejado cesantes[15] a mis tres hermanos. Pido disculpas por los errores de redacción, pero es difícil rememorar el dolor ya que se vuelve a sentir. Omito detalles en honor a mi familia e hijas y para ahorrar lágrimas que hasta hoy eran en vano, pero detallaré todo en una declaración verbal si me es solicitada.